martes, 12 de octubre de 2010

Neón

Aquella noche, como todas las noches, un viejecito envuelto en una capa negra avanzaba lentamente por la acera de la larga y desierta avenida, golpeando el asfalto con el pincho en que terminaba su bastón mientras buscaba colillas de cigarro –de papel o con boquilla dorada o de corcho- y medio deshechas colas de cigarro. De vez en cuando, bramando como un ciervo, pasaba un veloz automóvil, o bien ocurría algo en que las gentes que caminan por la ciudad nunca se fijan: una estrella, más rápida que el pensamiento y más silenciosa que una lágrima, caía del firmamento.
Más esplendentes y alegres que las estrellas eran las letras de fuego que surgían una tras otra sobre un negro tejado, desfilando en fila india, y se desvanecían de repente en las tinieblas.
«Puede – ser – posible», decían las letras en un discreto susurro de neón, y entonces la noche las borraba de un solo golpe aterciopelado. Y otra vez volvía a aparecer en el cielo: «Puede – ser –».
Y volvían a descender las tinieblas. Pero las palabras insistentes se encendían una vez más, y por fin, en vez de desaparecer inmediatamente, quedaban encendidas durante cinco minutos completos, tal como habían concertado la agencia publicitaria y el fabricante.
Pero, ¿quién puede decir qué es realmente lo que destella ahí, en lo oscuro, sobre las casas? ¿El luminoso nombre de un producto o el destello del pensamiento humano? ¿Un signo, una llamada? ¿Un interrogante lanzado al cielo que repentinamente obtiene una respuesta apasionada, deslumbrante como una joya?


Y en esas calles, ahora tan anchas como brillantes, mares negros, a última hora de la noche, cuando la última cervecería ha cerrado sus puertas, un argentino abandona el sueño y sin sombrero ni chaqueta, cubierto con un viejo impermeable, pasea como en trance de vidente. Y a esta hora tardía, por esas calles anchas paseaban mundos absolutamente ajenos entre sí: un juerguista sin juerga, una mujer, o simplemente un caminante, cada cual un mundo aislado, y cada cual un todo de maravillas y desdichas. Cinco viejos carruajes de caballos aguardaban en la avenida junto a la voluminosa forma, con estructura de tambor, de un pissoir: cinco adormilados, cálidos y grises mundos con uniforme de cochero, y cinco otros mundos sobre doloridos cascos, dormidos sin soñar en otra cosa que en avena escapando por el roto de un saco, con suave sonido de caída.
En momentos como éste todo adquiere naturaleza fabulosa, todo se convierte en insondablemente profundo, y la vida parece terrorífica, en tanto que la muerte es todavía peor. Y entonces, mientras uno camina deprisa por la ciudad nocturna, mirando las luces a través de las lágrimas y buscando en ellas gloriosos y deslumbrantes recuerdos de felicidad –un rostro de mujer, que surge del fondo de muchos años de olvido-, de repente, de nuestro loco avance, nos detiene cortésmente un peatón y nos pregunta el camino para llegar a tal o cuál calle, nos lo pregunta en voz normal, pero en una voz que nunca más volveremos a oír.
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sábado, 11 de septiembre de 2010

Dónde el futuro nos lleve


Melany Power sabía muy bien que hacer mientras verificaba que su pistolera de piel estuviera bien cargada, pensaba en los comunistas que iba a matar esa noche; Melany no albergaba ilusiones de acabar ella sola con el resurgimiento de la ola roja pero reflexionaba con una sonrisa macabra que no había gente especial, que no podía evitar la oportunidad de llenar algunos cementerios bolcheviques.
Mientras Melany se asoleaba en la playa de Rio, recordaba los últimos días con una especie de tranquila satisfacción: 12 rusos muertos, 5 chinos muertos, 3 o 4 cubanos muertos pensaba en el mundo que estaba otra vez a salvo para la democracia mientras observaba el hermoso pecho de Paulo, ensancharse y retraerse con ligeros ronquidos…
A salvo para la democracia ¿ó casi a salvo? Melany dejó escapar entre sus dedos algunos granos de arena, se ató su sostén y metió su mano en su bolso de playa. Paulo no oyó nada. Y fue una lástima porque no volvería a escuchar nada jamás. “Adiós Paulo”, pensó al levantarse. “Pude haberte amado si no fueras tan rojo como la sangre que ahora se esparce por la arena”. Melany caminó sin prisa hacia el hotel, sin duda encontraría un mensaje del cuartel general, esperaba tener tiempo para bañarse.


AŋđŗΞ'Ş ζ¡$ŋΣřǿ§
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lunes, 31 de agosto de 2009

Tertulia

¿Decías?, hubo un error en mi medio de comunicación. Apologías respectivas al no receptar tu mensaje.
Decía yo que ha de contarme usted los incidentes que conmigo tienen que ver.
Me apresto, pues. Días atrás, por los mencionados medios con que me comunico con vos, ha de haberme escrito, una señorita de edad universitaria, muy bien dotada que vos, su merced y este servidor febril conocen; ella pues, ha de manifestarme el agrado que provoca en lo más profundo de su corazón el sentir su compañía al lado, ya que usted al considerarla para ella un buen mozo, dotado de inteligencia cautivante y carácter agradable, ha sacudido el sentimiento que genera enamoramiento y dicha al ser usted la razón de sus suspiros.
Continúe...
Confesóme entonces, el gusto que por usted mantiene a secreto y que con ayuda de su mejor mosquetero, es decir este servidor, hizome un par de preguntas respecto a su merced. He de confesar las buenas intensiones de la doncella como razones suficientes para que le regale mi ayuda en su empresa de conquista. Contóme algunas vicisitudes vividas con usted su merced, rogándome confidencialidad, con temor del castigo divino si es que yo hablase. Siendo yo un temeroso de Dios y gran amigo suyo, siento mucho mi atrevimiento, he hablado con usted, confiado en una buena respuesta.
Siento mucho deciros que mis sentimientos no son favorables a tal empresa.
He de exigir razones para tal negativa.
Es por eso que os ruego no sembréis semillas de ilusión en su cabeza, no forma parte de mis gustos, peor aún sentimentales; hártame mucho su presencia en ciertas ocasiones. Lo cual hace de tal ejecución algo irritante.
Cuento que me he mantenido neutral en la empresa de aquella doncella, ante la mala fortuna que pudiera engendrar tal aluvión de acontecimientos que ella hizo de contarme.
Os diré que, ciertamente su carácter de ladilla molesta frecuentemente.
A la defensa de la mujer desesperada he de manifestar que siendo poseída por el fantasma del amor, la ha vuelto ciega a que su presencia y compañía llegue a molestarte, siendo yo presa de ese fantasma he de añadir que no estaba dentro de su conocimiento el hecho de gastar tu paciencia. Como mosquetero fiel que soy para vos, me siento en el derecho de aconsejar, claramente si vos me dejas.
Desde luego, es oportuno.


Las razones por las cuales das negativa a la doncella no son suficientes, además ella goza de una esbelta figura, si bien no tan atractiva de testa, cuando usa sus polvorines franceses le dan un aire muy gustoso a la vista. Cierta ropa que la dama usa es insigne a los sentidos que derivan en pasiones y en malos pensamientos, por los cuales deberían ser tuyos (con todo respeto), además de la ilusión y amor ciego y real que tiene para vos son sinceros, se me ha constatado. Además, corregidme si me equivoco, no hay una doncella que ha atentado contra tu corazón robándotelo en estos instantes. No os pido que escuches mis súplicas ni consejos. So...
Temo ser cruel y certero, pero: no me interesa, no quiero; para mí no es nada más que una amiga .
He de compartir la opinión que tienes, so he vivido momentos iguales en mi corta vida. Aún, tengo el atrevimiento de insistir, aludiendo al último recurso que como hombre, poseedor de deseos impuros desde el tiempo de “El Edén”, he de compartir contigo, las insinuaciones de meterte con ella en situaciones de partusas y mal gaste de vida, de las relaciones humano sociales modernas, el término mal visto a futuro como "vacile", alejado de esta época tan remonta de los años de nuestro Señor.
Teniendo en cuenta los acontecimientos citados anteriormente, el "vacile" involucra un detonante para dar más ilusiones a la fémina en cuestión lo cual sería un inminente desastre.
Ponderando el acto de "vacile", es un arma de doble filo, o solamente da nuevas oportunidades a la dama o sacia un deseo insano de ella para usted.
Si fuera un mero deseo insano sería halagado al ser elegido para tales servicios , pero teniendo en cuenta que hay sentimientos de por medio la cuestión es mucho más delicada.
Sin palabras, para refutar solo he manifestar mi velada ambición de ser un puente entre los dos para cruzar a destinos opuestos, no un hueco que hunda su amistad. Razonando como consejo dinámico ruego que la amistad que derivó en malsano y confuso enamoramiento, no se disuelva en la sal de la duda o la tormenta de la pedantería y el orgullo.
Por eso, espero plantear la estrategia que mantenga distante nuestros cuerpos pero no así la amistad, mantener cerca lo etéreo pero alejado lo corpóreo mientras aquel último no incite una manifestación aguda de sentimentalismo, está dicho.
Ya que no tengo temor de Dios, he revelar los planes que la damisela tiende para vos, esperando y apostando para la buena fe que la cristiandad me ha dado, que ella ha comprado un libro (del que no me quiso decir autor ni nombre), y mañana tiene más regalos para vos, espero que con franca madurez actuéis como el caballero que eres y no reavives más sentimentalismos en el esternón de la dama. Y actuar como un barón y varón ante el robo causal de un beso, no os asustéis y proseguir enseguida al diálogo invirtiendo el tiempo suficiente ante aquellos vuelcos repentinos de los mortales en confundir amistad con algo más que eso.
Seré franco: ¡maldición! Ese conocimiento me hace sentir peor.

AŋđŗΞ'Ş ζ¡$ŋΣřǿ§
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domingo, 2 de agosto de 2009

Shape of my heart

Esto fue escrito por un loco amigo mío, lo conocí en aquellos lugares cosmopolitas de Buenos Aires donde la vida bohemia se reconoce mucho más allá de las fronteras. Compañero de debates literarios y talleres con Burgman, rubio en país de negros, pero compañero al fin y al cabo. Hago este homenaje a él, Carlos Cabrera, el individuo capaz de sacar historia de los pasillos y meditaciones desde cualquier canción de Serrat, el que brinda con vodka y canta como Fernández y el que comparte alguna pena vivida (alguna vez pero superada, al parecer) por este servidor.

Una idea surgió al sonido de una nota de piano en el ambiente...

Tú. Sí, tú caminaste; cediste ampliamente la mirada. Dejaste el humo pasar, tú que de repente te borraste, que arqueaste en el momento inadecuado, que moriste sin morir: ¿porqué replicas como terremotos lejanos de un cercano proceso?, proceso que aún no termina, que se amplia y re-amplia. Tú que de la nada besaste mis labios (mi boca en común) y tradujiste en él lenguas muertas, lo que no había vivido en mucho tiempo ¿qué es el tiempo sin ti?

Dirán por allá comentando los espíritus del que ha muerto, amando, del que vive en soledad. Tú, ¿qué hacer contigo? O mejor dicho: ¿qué harás tú? Obviarás la posibilidad que quizás te pudo dar un café, obviarás las circunstancias, fingirás una sonrisa, un hola, un hasta luego; dirás “cuídate” y mandaras besos y repulsivamente extrañaras los principios de una conexión, de una realidad... ¿Y yo? Yo, ahora ¿qué haré? ¿Pasearé dentro de paisajes entre negros, caminando al son de la tristeza y de la mano de la soledad? ¿Recordaré? Sí, recordaré los diferentes lugares que pudieron ser, los besos que pudieron pasar; las noches que nunca existirían, recordando lo posibles sucesos no sucedidos, recordando en tiempo-que por algún periodo-todo se detuvo, que hubo un caos ordenado, una tarde de lluvia y sol, que hubo esperanza.

Sí, esperanza esa que provocaste en mí, cuando ordenabas el juego y te envolvían mis palabras y hablabas con propiedad y sentías por sentir y mirabas sin mirar, repitiendo este juego: el tedioso juego del amor... Y ahora cambió, de repente te cortaste, te definiste sin razón, te separaste, te sepultaste sola ¿y yo? Yo no sé, quizás me sepulté contigo ¿o quizás me envolví y salí del vacío y terminé en carrera sin saber que el sol aún no salía y que las nubes pueden seguir negras según la predicción? Quizás fue mi error el atreverme a querer salir, a querer conocer, quizás fueron las ganas que me ganaron y la astucia lo que me faltó. El caso es que por el momento y por el desmomento que me planteaste, me he terminado enredando palabras en la madrugada, en el servicio del silencio, en el pacto «mephistofeliano» (en una vida llena de dudas): ¿Dudas? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Dónde? Dime, ¿quién me ha robado el mes de abril? ¿Pero si no es abril es julio, pero será agosto? …


No lo sé el punto que ya no es punto, es que odio no poder conocerte, odio las definitivas características que tienen las acciones sociales en este país. Odio que te cueste tanto poder estar un tiempo conmigo, odio la duda, odio que simplemente me nieguen sin siquiera intentar y eso es, odio morir sin intentar. No quiero morir sin intentar, no quiero, no soy yo, ya no sé. Sólo me queda esto, esto de escribir palabrotas que salen de un averiado corazón, no queda nada más que debatir plantearse o no, definir en estas situaciones es bastante provechoso y no sé porqué lo has hecho, pero a eso vinimos a que nos rompan el corazón.

Como diría Sabina: “No es que muera de amor. Muero de ti”.

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sábado, 7 de marzo de 2009

Forma del corazón esperanzado

Tornas a dispensarme, despiadado,
del duro mal que mi esperanza toca
y a levantar tu inaccesible roca,
interminable amor desamorado.

Tratas de desviarme del hollado
camino de mi fe... bebes la poca
agua de mi desierto y de tu boca
despídesme en desdenes abrasado.

Mas, ya tanta sinrazón parece
que tu razón de desarme, esquivo,
no tiene otro temor ni otro motivo

que tu cobarde corazón empiece
a volverse, a dejarse, a estar cautivo
del mal que el mío por tu amor padece.


Francisco Granizo
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viernes, 30 de enero de 2009

Algo musical


84 albums que deberian escuchar antes de haber muerto...


Symphonie n° 7 en do majeur, op. 105 (1924) – Jean Sibelius
The Gold Edition (1937) - Stephane Grappelli and Django Reinhart.
Round Midnight (1949) - Thelonious Monk.
Miles Ahead (1957) - Miles Davis.
Sings the Duke Ellington Songbook (1957) – Ella Fitzgerald.
The Genius of Ray Charles (1960) - Ray Charles
A Love Supreme (1964) - John Coltrane
Highway 61 Revisited (1965) - Bob Dylan
Fresh Cream (1966) – The Cream.
Axis: Bold as Love (1967) - Jimi Hendrix
The Doors (1967) – The Doors
Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967) -The Beatles
The Velvet Underground and Nico(1969) - The Velvet Underground
Yellow Submarine (1969) - The Beatles.
Plastic Ono Band (1969) - John Lennon
Adiós Nonino (1969) - Astor Piazzolla.
A man’s life (1970) – Charles Aznavour.
Paranoid (1990) – Black Sabbath.
Let it be (1970) - The Beatles.
Imagine (1971) – John Lennon.
Goodbye Yellow Brick Road (1973) - Elton John.
The dark side of the moon (1973) - Pink Floyd.
Elis & Tom (1974) – Elis Regina, Tom Jobim.
Adios Sui Géneris (1975) – Sui G­éneris.
A Night at the Opera (1975) – Queen
Hotel California (1976) – The Eagles
Exodus (1976) - Bob Marley & The Wailers
Low (1976) - David Bowie
Never Mind The Bollocks, Here's the Sex Pistols (1977) - Sex Pistols.
Pyramid (1978) – The Alan Parson’s Project.
The Wall (1979) - Pink Floyd.
Dynasty (1979) – Kiss.
Back In Black (1980) - AC/DC
RC SUCCESSION (1980) - Rhapsody
Thriller (1982) – Michael Jackson
Bark at the Moon (1983) – Ozzy Osbourne
Les Chemins de traverse (1979) – Francis Cabrel
Nada Personal (1985) - Soda Stereo.
Mediterranean (1985) - John Mclaughlin.
Mambo Diablo (1985) – Tito Puente.
Hell Awaits (1985) – Slayer
The Joshua Tree (1987) – U2
Appetite for destruction (1987) – Guns n Roses
Mátenme porque me muero (1988) – Caifanes.
All That Jazz (1989)- Ella Fitzgerald.
Canción Animal (1990) - Soda Stereo.
Cowboys from Hell (1990) – Pantera.
Al Di Meola Plays Piazzolla (1990) - Al Di Meola
Led Zeppelin Remasters (1990) – Led Zeppelin.
Canciones Urgentes (1991) – Silvio Rodríguez
Tango 4 (1991) – Charly García.
Nevermind (1991) - Nirvana
Edith Piaf: 1935-1942/1936-1945 (1991) : Edith Piaf
Images and Words (1992) - Dream Theater.
Greatest Hits (1992) – The Police.
En vivo (1993) - Seru Giran.
Time Machine (1993) – Joe Satriani
Awake (1994) - Dream Theater
Dummy (1994) – Portishead.
After The Rain (1994) – John Mclaughlin.
The Division Bell (1994) – Pink Floyd.
Concierto de Toronto (1995) – Leo Brouwer.
Solo Flamenco (1995) – Sábicas.
The Cream of Clapton (1995) – Eric Clapton.
Hello! MTV Unplugged (1995) - Charly Garcia.
Venus island (1996) – Eric Johnson
Say No More (1996) - Charly Garcia.
OK Computer (1997) - Radiohead
Concierto de Aranjuez, Fantasía para un Gentilhombre (1997) – Pepe Romero.
Poeta (1998) – Leo Brouwer, Vicente Amigo.
Concerto Suite For Electric Guitar & Orchestra In Eb Minor (1999) - Malmsteen
S&M (1999) - Metallica.
Open land (1999 )- John Abercrombie.
74. Todo Caetano (1999) – Caetano Veloso
Bajo el azul de tu misterio (1999) - Jaguares.
Tchaikovsky: Piano Concertos (2000) – Piotr Ilych Tchaikovsky.
Nos sobran los motivos (2000) – Joaquín Sabina.
Rebirth (2001) – Angra.
Grain de Sable (2003) - Tryo
Live Licks (2004) - The Rolling Stones.
United Abominations (2004) - Megadeth.
Medulla (2004) – Björk.
Ahí vamos (2006) - Gustavo Cerati.
Amputechture (2006) – The Mars Volta.
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jueves, 29 de enero de 2009

Schnupftabak

Llovía. Su paraguas no podía soportar más. Era un diluvio. Su traje Oscar De la Renta, se estropearía. Perdería su entrevista de trabajo y su oportunidad de ejercer su profesión definitivamente. Decidió refugiarse en una trinchera provisional, su Rolex marcaban las doce del medio día, aún así ese miércoles primaveral se transformaba en una tarde fría, obscura y aburrida, no como suelen ser los medios días normales en las capitales. Volvió a sacar su encendedora y del fondo de su abrigo sacó, su cajetilla de Camel’s, el «cáncer portátil» lo relajaba, y más que nada le permitía no explotar. Después de todo ¿quién tiene la culpa cuando llueve? Incluso Bush no tenía esta vez la culpa. Era ateo: ni a aquel sujeto podría acusarlo, iría contra sus principios.

Sacudió la ceniza contra la acera. Seguía lloviendo. Una gota milimétrica, aparcó en la estela de fuego que al aspirar va generando ese humo relajante, aquellas cenizas irresucitables y especialmente: cáncer. Su Camel se apagó, fulminado por la vanidad de las veleidosas gotas…

Parecía perplejo al observar la lluvia. Su cara se inmutó frente al desafío que le ponía la naturaleza. Acertó en sacudir su paraguas, aún así un par de gotas de agua lo mojó. Sintió como la salpicadura opacó en un espacio pequeño de su camisa, el líquido vital, ennegrecía también, la seda de su corbata…
Continuará
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sábado, 10 de enero de 2009

Punto


La calle habría permanecido tan silenciosa y lúgubre de no haber sido por el tílburi capotado, de momento, de los Obando. Había causado tal sensación en su llegada a la ciudad que no había persona alguna que no se haya apropincuado a sentir como suyo dicho ingenioso y admirable vehículo. ¡Y es que no era para menos!, una de estas actualísimas máquinas recorriendo la ciudad no era sino una gran sensación. Además, era tan fortuito ver una de estas en la ciudad que , cuando se veía pasar una, se daba casi por sentado que se trataba del tílburi de los Obando. Debido a esto siempre fueron envidiados por la gran mayoría de la ciudad recibiendo mellas, raspones, rajaduras o piedras por la ventana. Los Obando ya estaban acostumbrados. De regreso a lo que nos compete, en tal noche nublada, irrumpía el tílburi como la mejor de las tijeras del alfataye de la ciudad cortando cientos de telas al hilo, o como un afilado cuchillo del carnicero sobre la res. Lo sorprendente es que esa noche nadie percató que el vehículo cruzaba las calles y a pesar del apesadumbrado sonido de las ruedas, éste era casi tácito.

Eugenio había salido con Gangotena, su humilde criado, a una de las típicas reuniones sabatinas a las que tenía por costumbre asistir. Las fiestas de sociedad en este lustro se han incrementado tanto que más conmoción causa una de estas que una misa de 20. De todos modos, aquel sábado habría sido tan normal para ambos como de costumbre en la alta sociedad salvo por el aciago accidente que se mencionará en los renglones finales. Fue una típica reunión; un cigarro cubano por hora, algo de hipocrecía, presunciones y falsa erudición habían sido la tónica de la reunión, sumado esto a un copioso, rimbombante, y exuberante, exquisito, desordenado -sí que lo fue- y lascivo bacanal, como solo en la antigua Roma podría haber ocurrido. Por otra parte, los criados también habían tenido lo suyo, una fiesta de primera aunque casi nada estilizada -en cuanto a qué fumar y de qué hablar, por lo demás había sido bastante mejor, lo advertía el rostro extasiado de todos y cada uno de ellos-. De todos modos, era algo digno de verse, o más bien de disfrutar participando.

La noche se había pasado en un santiamén; entre tertuliar, reir, abrazar y sentir; como un sencillo chasquido, o un beso de despedida. Gangotena sacó su reloj de bolsillo y sugirió salir en el acto, a lo que Eugenio accedió. Gonzálo había sido muy parco y algo distraído ese día, parecía no haber disfrutado de él y de su compañía esa noche. Sin embargo, los acompañó hasta la puerta y se despidió con un emotivo abrazo, y algo más íntimo, del acaudalado Obando. Mientras regresaba a la puerta gritó de espaldas a ellos una sentencia desarticulada. «Punto final, un punto final»- dijo, y posteriormente entró. Parecía haber conjeturado durante mucho tiempo la idea y haberla concluído en este pequeño falso aforismo, quizá guiado por un fatal presentimiento. Los dos no le entendieron y salieron casi despreocupados del asunto hacia el tílburi. El trecho era corto pero la noche apremiaba.

Luego, como un rayo de tormenta de octubre, un balazo cruzó la noche y se estampó... ( ¿Se estampo?... Más bien diría que estalló... sí, casi, así.) en su cráneo. A Gangotena le crujió el pecho, como al recibir un latigazo, y celeremente se apeó del vehículo, lo descapotó y se echo sobre el herido. La sangre le chorreaba, era como una pileta en auge, un ojo de agua, o una de estas modernas tuberías con una pequeña avería. La cara la tenía pintada, como si estuviese en un ritual; tanta sangre había que de solo abrir la boca se habría ahogado. Trato de hablar en su agonía conciliando fuerzas, uniendo letras, comprimiendo ideas. Suspiró, abrió los ojos, sintió mareo, volteó la cara, empezó a hablar "La vida... la vida no es...no es juego...punto. La vida..., en un... punto" y después inmediatamente murió.



Ahmed

Y con esto algo de distancia, echo un poco de tierra, deserto, reduzco a un punto.
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Ya no sé que hacer conmigo

Ya tuve que ir obligado a misa, ya toqué en el piano "Für Elisa”, ya aprendí a falsear mi sonrisa, ya caminé por la cornisa.
Ya cambié de lugar mi cama; ya hice comedia, ya hice drama. Fui concreto y me fui por las ramas, ya me hice el bueno y tuve mala fama.
Ya fui ético y fui errático, ya fui escéptico y fui fanático, ya fui abúlico y fui metódico, ya fui púdico, fui caótico.
Ya leí Arthur Conan Doyle, ya me pasé de nafta a gasoil. Ya leí a Breton y a Molière. Ya dormí en colchón y en sommier.
Ya me cambié el pelo de color, ya estuve en contra y estuve a favor; lo que me daba placer ahora me da dolor, ya estuve al otro lado del mostrador.
Ya me ahogué en un vaso de agua. Ya planté café en Nicaragua: ya me fui a probar suerte a USA., ya jugué a la ruleta rusa.
Ya creí en los marcianos, ya fui ovo-lacto vegetariano, sano. Fui quieto y fui gitano, ya estuve tranqui y estuve hasta las manos.
Hice un curso de mitología, pero de mí los dioses se reían. Orfebrería la salvé raspando, y ritmología, aquí la estoy aplicando.
Ya probé, ya fumé. Ya tomé, ya dejé. Ya firmé. Ya viajé. Ya pegué. Ya sufrí. Ya eludí. Ya huí. Ya asumí. Ya me fui. Ya volví. Ya fingí. Ya mentí y entre tantas falsedades, muchas de mis mentiras ya son verdades. Hice fácil las adversidades, y me compliqué en las nimiedades.
Ya me hice un lifting, me puse un piercing. Fui a ver al “Dream Team” y no hubo feeling. Me tatué al “Ché” en una nalga arriba de “mami” para que no se salga.
Ya me reí y me importó un bledo, de cosas y gente que ahora me dan miedo. Ayuné por causas al pedo, ya me empaché con pollo al spiedo.
Ya fui al psicólogo, fui al teólogo, fui al astrólogo, fui al enólogo. Ya fui alcohólico y fui lambeta, ya fui anónimo y ya hice dieta. Ya lancé piedras y escupitajos, al lugar donde ahora trabajo y mi legajo cuenta a destajo, que me porté bien y que armé relajo.
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miércoles, 17 de diciembre de 2008

De cara a la anunciación, empezó a cagar.

(Variación sobre un tema de 2666)


De cara a la anunciación, empezó a cagar. Era alto, alto, alto: primer aspecto por el cual deduzco que no es de por acá. Y flaco… flaco, flaco, flaco. Sin duda extranjero. Parecía un edificio, pero no cualquier edificio, de esos modernos que solo podemos ver en las grandes ciudades, usted sabe: ciento veinte pisos, con ascensores para más de diez personas y ventanas en lugar de paredes. Cuando entró, el padre Pedro estaba en plena bendición. En nombre del padre, del hijo y del ¡Del hijo de puta que se quita sus pantalones en mi iglesia! Tan bueno que era el padre Pedro, usted sabe. Cuando lo escuchamos pronunciar esas mismitas palabras que salieron de su boca y advertimos la intensidad en sus ojos, todos dirigimos la mirada, mecánicamente, hacia donde nos señalaba el pulgar del padre Pedro. Allí estaba aquel tipo vestido con una abultada chompa roja y gris, y sin pantalones. Su rostro no lo vi, es que él estaba parado en pleno claroscuro de la entrada. Cuerpo en el claro, cabeza en lo oscuro. Como en las películas de Coppola, usted sabe. Se adelantó unos cuantos pasos. Entonces, se produjo un silencio incómodo. El silencio de la duda y en medio de ese silencio yacía sólo aquel hombre medio desnudo. El padre bajó del altar y gritó imponente: !Saquen a este majadero de mi iglesia! No recuerdo exactamente lo que dijo, pero si no dijo eso, debió ser algo parecido. El extraño en medio de la admiración general flexionó las piernas y empezó a mear (por momentos no sabía si prefería escuchar los sermones del padre Pedro o el apacible sonido del chorro de orina saliendo de su verga, usted sabe) y luego a cagar (supe que cagaba cuando empecé a escuchar los gases que producía). Fue entonces que el chorrido y los gases perdieron, paulatinamente, fuerza, al tiempo que el padre Pedro emprendió carrera hacia donde se encontraba el extraño. Cuando llegó, ya era demasiado tarde, aquel tipo había terminado e iba de salida. El padre lo vio bajar tranquilamente por las escaleras, cruzó los brazos y sin decir palabra regresó al altar. Al llegar, se acicaló sus hábitos, se acomodó el cabello, alzó la vista y dijo: La-misa-ha-concluido-podéis-ir-en-paz.

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domingo, 14 de diciembre de 2008

¡Soy longo, carajo!


El Ecuador es poseedor de una identidad nacional bastante extraña y peculiar. Mientras unos conservan sus tradiciones flamenquistas y taurinas (¡Y olé!) -aduciendo hispanidad racial- creyendose "criollos", otros recalcan sus rasgos hispánicos sobresalientes, mucho más notorios que los indígenas, por lo que de alguna manera también se creen "criollos", o en su defecto "mestizos blanquitos". Otros son los "mestizos aindiados" en los que se nota más su porcentaje indiano y que si bien se han acoplado al medio ecuatoriano, no pasarían por criollos (quizá por el racismo de estos "blanquitos"); y finalmente hay los indios, termino generalmente usado peyorativamente (Aún siendo el 30 porciento de la población total). En resumen, los ecuatorianos somos indios, indios blanquitos e indios mestizos... La primera categoría es una falsa ilusión.

En mi caso, siempre me ví como un "mestizo blanquito o cholo blanquito" (tampoco puedo negar mi color de piel). De todos modos, nunca desprecié a un indígena, ni lo hice a un lado, ni me creí superior a él. En realidad, me daban igual. Por consiguiente, jamás había dado importancia a mi indianismo y mucho menos me enorgullecía que me digan indio, longo, o que la gente use quichuismos (como atatay, arrarray, ayayay, ñaño, guambra, longo) pues lo consideraba un español impuro. Estaba, tristemente, dentro de ese grupo de gente que sabiendose mestiza, se cree "criolla", sin que esto signifique que haya sido racista, discriminador o cosa alguna.

De un buen tiempo acá las cosas han cambiado. Hoy estoy muy orgulloso de que me digan indio, longo, guagua, guambra o runa, y me enorgullece utilzar esos quichuismos tan arraigados en nuestra habla cotidiana. He valorado mis raíces indígenas como nunca antes lo había hecho, por fin me acepté a mí mismo tal y como soy. Además, he empezado a amar mis raíces andinas tanto como mis raíces no andinas, o quizá más...

Sí alguien sigue leyendo, y no se aburrió, puede preguntarse ¿qué cambió en mi vida?. Mi respuesta sería, el autoexilio. Algunos sabrán donde estoy ahora (aunque este no es el caso), pero esta salida forzada del país ha sido mi mejor experiencia para un conocimiento interior de mí mismo y un análisis retrospectivo de quien soy y qué he sido.

Cuando llegué a este país que me ha acogido, debido a ese corazón algo "socialista" que creo tener, estaba alborotado y afloraba una suerte de resentimiento social, odio al sistema y odio de su mentalidad; todos prejuicios. Al inicio solo quería empaparme más de las izquierdas, enfrentarme enérgicamente al sistema y fracasar en el intento. Escuchaba discursos del Ché, veía discursos de Salvador Allende y me inmiscuía a fondo en la música protesta. Eso sí, agradezco haberlo hecho porque de lo contrario no hubiera conocido a fondo a Inti-Illimani. Sin embargo, poco a poco esa llama de izquierda ha ido cediendo hasta un punto mucho más objetivo y centrado.

Mi cambio empezó hace como cuatro meses (o quizá casi cinco) cuando un amigo me afirmó que el Ecuador era un país del África merdional, con mayoría racial africana (obviamente) y en el cual no se hablaba castellano. Quedé sin habla; completamente atónito. Esto me incentivo a dar a conocer más sobre nuestra cultura, nuestras raíces y nuestras costumbres a los demás. Es aquí el momento más importante... Me pregunté ¿de qué me enorgulleceré? ¿Daré a conocer algo de lo que ni yo mismo estoy convencido? y ventajosamente hallé respuestas. Revaloré al pasillo, al albazo y al yaraví y dejé de sentirlos como "música de viejos" y de las reuniones familiares trasnochadoras. Quizá la añoranza de mi familia, mi tierra y amigos me hizo entristecerme de tal modo que encontraba consuelo solo en la música andina de Inti - Illimani o la música nacional, sobretodo en los pasillos.

Sin embargo, el cambio abrupto se dio mientras escuchaba el albazo "Taita Salasaca" de Benitez-Valencia. Sentí en ese momento el ritmo andino tan dentro de mi cuerpo que recordé una escena de la obra de teatro "El Danzante" de Javier Cevallos (Obra a la que le agradezco me haya invitado -aunque en ese momento no la disfruté como sí lo habría hecho ahora- y a la que pude asistir) en la que Gaspar de Mogrovejo, un estudiante universitario, luego de contarnos lo fingida que era la sociedad quiteña, baila un danzante y reconoce que no puede engañarse a sí mismo de sus verdaderas raíces, reconoce que debe dejar de creerse lo que no es; entonces acepta y vive sus verdaderas raíces andinas.

Ese momento reaccioné hacia una realidad diferente a la habituada... ¡Me ví como un indígena!, me ví bailando y disfrutando del momento ancestral... Y lo más satisfactorio es que ¡no me dio vergüenza!. Es algo inenarrable. Desde ese momento he revalorado a nuestra música, a nuestras lenguas originarias, a nuestra gente y a nuestras raíces, que mi madre está preocupada; dice que está harta de escuchar Inti-Illimani y pasillos todo el día. Mis propios amigos que aún siguen en contacto conmigo ya me han gastado un par de bromas como "Inti-Ahmed" o "Longo Ahmed"; de todos modos, no me avergüenzo de ello y agradezco que se burlen de esa manera, y esto me emociona más haciendome soñar en un Ecuador diferente donde todos aceptemos y valoremos nuestra indianidad.

Lamentablemente hay muchísima gente que aún no piensa así, y digo lamentable porque aprovechan de su hispanidad para longuear a todos, que, en vez de aceptarse, se cree española, vive las torerías como sevillano, segrega al indígena (sin saber que lo hace así mismo),no acepta su mestizaje, ni mucho menos sus raíces. Yo, por mi parte, agradezco a quienes me han hecho revalorar todo esto directa o indirectamente, agradezco a este viaje que me ha permitido aceptarme tal cual soy (¿ Para qué más sirve un viaje sino para conocerse a uno mismo, y hacer un análisis sesudo de lo que uno es?) y que me ha hecho sentirme orgulloso de decir sin tapujos: ¡También soy longo, carajo!.
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jueves, 11 de diciembre de 2008

Requiem y Despedida

Soy víctima de un dios frágil, temperamental
que en ves de rezar por mí, se fue a bailar,
se fue a la disco de un lugar. Quizo mi disfraz
vivir como un mortal, como no logro, matarme
me regaló, una visión particular.

El nacimiento y la muerte no
son dos estados distintos,
sino dos aspectos del mismo estado
(Ghandi)


Despertó. Jamás pensó que una llamada lo iba a contagiar del estupor maldito que provocan las malas noticias. Sus lágrimas brotaron solamente; libres y dolorosas bajaban por sus mejillas. El dolor de no poder volver a verla era inimaginable. Temblaba. Recordaba los momentos que vivieron juntos. Imaginaba un reencuentro. Lamentó algo de irresponsabilidad, de negligencia o de mala suerte quizás. Todas las circunstancias y posibilidades que llevan a la muerte de alguien, son sólo responsabilidades de la vida misma.

"Se dice que nacemos para encontrarnos, aún así el largo encuentro por el que pasamos es injusto, la vida en sí, es injusta. Se supone que un padre no debe enterrar a sus hijos: dieciocho años se esfumaron en tres horas, queda de ella sus hermosos ojos, ahora cerrados por lo inalienable que se vuelve el destino".


Ser o no ser culpable si yo la maté. Yo sobreviví, ¿porqué no morí yo? Desperté en un lugar blanco, con personas que hablaban en términos extraños acerca de mi cuerpo: dolía la vida. –Y ella ¿cómo está ella? –Lo sentimos mucho, no sobrevivió a la operación… ¿Para qué vivir si toda la vida me echarían la culpa a mí?, al mentecato que sobrevivió, aún así tendría la inmunidad de ser el testigo primordial o no, de recordarla el accidente y su último aliento, de contar veridicamente cómo sucedió, aquel accidente en el que ella me dio su vida. No olvidaré sus palabras esa noche: “Yo manejo, te vas a matar si te vas a ahora”. Recuerdo que manejó parsimoniosa, como todo lo que hacía. Era un buen recorrido, hasta lo que sucedió…
Nunca pensé que una llanta me iba a arruinar la vida. El reporte policial indicó que la explosión de un neumático provocó el volcamiento. Estuve en coma durante tres días, ella murió en tres horas.
No quise ir al velorio, no soportaría las miradas, ni la tristeza. No me imaginaría los ojos azules, llorosos y melancólicos de su madre, esos ojos que heredaron Valentina.

Es el 2050, ahora la pequeña Valentina me ayuda colocando flores en la tumba de su tía de la que solo conoce por mis relatos y la de su madre. Alejandra empuja mi silla de ruedas y Valentina va sentada en mis piernas inmóviles, juega con algo que la navidad pasada le regalé (perteneció a su tía), era uno de esos elefantes rosados que tanto le gustaban a ella. La pequeña niña me dice "tío".
Alejandra fue la única de la familia que no me repudió, la única que me perdonó, la única Schölem que me habló, y más que nada la única que hizo perdurar a su hermana.
Valentina, esa niña de cinco años, sobrina de la mujer que debería estar escribiendo esto, es mi mejor amiga, no importa la soledad, no importa la edad ni la de ella. Por lo menos hace cinco años tengo alguien que me comprende (a veces pienso que Alejandra lo hace por lástima).
Sin embargo la soledad es dolorosa. Sigo creyendo que soy un asesino suelto, nada ni nadie hará que regresen esos ojos.

Sigo creyendo que soy un asesino suelto, sólo por sobrevivir.

AŋđŗΞ'Ş ζ¡$ŋΣřǿ§

(Descansa en Paz...)

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viernes, 5 de diciembre de 2008

El misterioso organista.


Cuenta la leyenda que desde febrero de 1904, ronda intrigantemente en la iglesia del pueblo, un ente desconocido que apostata a viva voz mientras toca el órgano. Dicen que solo aparece el veintinueve de febrero, y rara vez se lo ve por la nave principal; prefiere merodear el órgano haciéndolo vibrar misteriosamente. Los que lo han visto cuentan que camina por la iglesia durante varias horas seguidas: cabizbajo, en silencio y hasta desorientado. Siempre ha estado distante de la sacristía y más bien se ha apropincuado a la puerta, espantando a los feligreses. No se sabe de dónde salió, pero parece clamar justicia.

Lleva puesto siempre el mismo gabán basto y deshilado por el uso; aunque, de todos modos, imponente. Algunos fieles dicen que usa un corbatín y una camisa ocre-amarillenta. Su camisa, afirman, le da cierto aire (y más que un aire, un vaho) de mafioso, hostilidad, arrogancia y muerte. Mientras los hombres perciben el hedor de azufre, gangrena, sangre coagulada y amoniaco; las mujeres encienden su sexo, se embelezan y se excitan. Nunca, nadie, jamás se ha acercado a conversar con él (ni las mujeres), mucho menos se atreven a mirarlo de frente.

Los sacerdotes le dan entre cuarenta y cincuenta años y asumen que es un poco parco. Algunos creen que se trata de un demonio, una alma en pena, o sino, algún sacerdote fallecido. En el clero, la creencia más aceptada es que se trata de Pedro Poma (compositor de varias piezas para órgano con letras pasionales), un cura que murió mientras dejaba los hábitos en el convento de las carmelitas, en el lecho de Sor María Josefina.

María Josefina, la monja, fue una mujer de Dios, siempre decente y decorosa. Dedicada desde la niñez a la Santa Iglesia, y entregada a la costura, fue por muchos años, la encargada de confeccionar los trajes de todos los miembros de la iglesia. Murió de paro cardiaco en la misa de la aurora de 1900, celebrada el 29 de Febrero.

Desde su aparición, la del fantasma, en el pueblo mueren 4 personas en cada año bisiesto: dos mujeres y dos sacerdotes. Los curas al entregar los hábitos en el convento de las carmelitas y las mujeres, de camino a casa después de salir de la misa de la aurora.

Cada 29 de febrero el órgano suena imponente y misterioso, mueren cuatro inocentes, aparece una camisa ocre - amarillenta sobre el altar principal y una balanza atada al cinto de un santo.

Nadie se queda llegada la noche. Quizá por respeto...O por miedo.
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sábado, 29 de noviembre de 2008

métaphysique des tubes (francés)


Les jours se passent lentement, un à un, de manière silencieuse mais inclémente. Le temps me dévore sans pitié, j’ai quatre ans. Peu à peu, la routine s'empare de tout. La monotonie, sans doute, est un additif nécessaire dans notre vie. La périodicité de chaque acte que nous réalisons nous permettre d’assimiler que même si nous répétons mille fois une action, nous ne serons jamais capables d'atteindre la perfection. En même temps, je comprends que la vie manque de sens si nous ne détruisons pas la vie des autres et si nous ne laissons pas les autres détruire notre vie.
Bangladesh, une grosse extension de terre avec rien dans son intérieur. Je trouve, curieusement, certaine similitude entre l’aridité de ce pays et la stérilité de ma vie. Ma famille continue avec ses travails diplomatiques. Maintenant, un nouveau problème envahit ma vie : l’école. Les professeurs et son autorité ne font plus que réprimer ma liberté et accentuer mon esprit anarchiste. Les petites enfants avec ses voix aiguës et gênantes me mettent en fureur. Parfois, je perds le contrôle. Parfois, je souhaite tuer le monde entier. L’unique sortie que j’ai est la littérature de Mishima, Proust et Kafka. Parfois, je commence à aimer la crudité de la vie.
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jueves, 20 de noviembre de 2008

«No es que estemos locos»

Una noche cierto loco decidió subir descalzo al tejado de una casa y quitarse los pantalones. Los botó al aire y vio una ciudad inmensa y desconocida. Las calles por las que deambulaba se habían perdido. Las voces también. Sospechó que alguien lo veía, pero no estaba seguro.

Primero logró distinguir un edificio del gobierno, viejo y pesado, iluminado con calígine. Intentó pararse de puntillas para observarlo mejor, pero se resbaló sobre unas filudas tejas. Su pierna derecha sangró un poco. Con la mano se limpió; olió su sangre. Se lamió con la lengua y pensó que nadie lo miraba; pero ahora, en cambio, no cabía duda.

Al cabo de un rato sintió que la camisa le pesaba. Safó cada botón sabiendo que era solo otro trozo de plástico. Esa noche desbarató doce ojales y una corbata, saboreando el contacto de la piel con el algodón y la seda. Cogió la camisa por el cuello y la dejó caer. Estuvo escuchando con atención cómo la tela surcaba paredes y quicios, hasta que otro sonido lo amortiguó todo. Era imponente y caótico: le hacía temblar el pecho y creer en la muerte. Probó gritar algo, pero todo contorno había sido sumergido. Cerró los ojos con fuerza y solo entonces logró encontrar aquel ritmo que pronto perdería sus límites y formaría una sola masa duradera, llena de metal y de voces. Luego, por un efímero momento, dejaría que sus sonidos se perfilaran nuevamente. Esa noche, cuando el cuarto ciclo se repitió, el loco dejó de cuantificar lo invisible y se desvistió del todo. Respiró profundamente, y notó que el aire sabía distinto.

Olfateó el calor de la carne frita, la lobreguez del caldo de pollo y lo azucarado del pan. Supo que la gente comía y defecaba. También supo que habían dejado de contar las campanadas hace mucho. A lo lejos pudo escuchar gritos y creyó entender las conversaciones que subían por las chimeneas. Vio su cuerpo árido y deseó utilizarlo en una mujer. Luego creyó que alguien lo veía, pero todo era producto del frío y del hambre. Sin dubitar, decidió levantar las manos y separar con cuidado las piernas. Permitió que el aire y el agua lo influyan y pudo, por algún desconocido albur, reconocer la casa en la que nació y las calles de su peregrinaje eterno.

En ese ámbito humano, gobernado por luces y ruidos, el loco rebuscó con fuerza entre sus entrañas de Hombre. Después de un rato asentó el cuerpo y, dueño de sí, dijo con voz tranquila:

«No es que seamos locos. La cosa es que estamos podridos».
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miércoles, 19 de noviembre de 2008

Todo va mal. ¡Todo es injusto!, no hay otra salida. Para qué seguir si nadie lo entiende. Es inevitable, uno...dos...
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sábado, 15 de noviembre de 2008

Asuntos Internos

El día finaliza. Hay muchas personas; es la hora pico. Todo el mundo regresa al hogar, las oficinas se vacían, las luces se apagan. Los recepcionistas o conserjes son el único residuo de otra jornada que concluye. El viento corre, la brisa es cálida pero fugaz. La ciudad duerme temprano. Yo no. Paulatinamente, las primeras muestras de sueño se producen en las calles; el tráfico disminuye, los almacenes cierran sus puertas, se encienden las luces violetas, amarillas, verdes y azules que iluminan las iglesias, ya no hay nadie en las iglesias, tampoco se escucha el barullo de la multitud. De cuando en cuando, silbidos, algunos ininteligibles otros enérgicos, entorpecen el silencio, viajando a lo largo de las calles. Son más de las diez. Páginas viejas de los diarios guarnecen las aceras. El pavimento no es la excepción: fundas, envolturas, cartones, mendigos, basura. La cuidad es sucia y también fría, muy fría. Sigo caminando. Para otros la noche empieza. Cruzo una plaza desierta y un chiflido muy agudo alerta mi presencia. La ciudad también es insegura. Veo algunos tipos en círculo. Me miran. Son cinco, altos, bajos, gordos, flacos: hay de todo. Visten grandes abrigos, pantalones abultados, zapatillas deportivas, cadenas enormes en su cuello y dos de ellos gorras; el uno la lleva con la visera vuelta hacia atrás. Los otros, los que no llevan gorra, cargan unas bolsas en la espalda. Apresuro el paso. No tengo nada de valor, eso me deja dos posibilidades: salgo ileso o me matan. Pienso -las masas no piensan, solo actúan-. Paso junto a ellos. Escucho su acento extranjero. No ocurre absolutamente nada. Más adelante, decido correr y perderme entre las interjecciones vacías que forman las calles y me pierdo entre el páramo urbano a media noche. No hay rastro de ellos. Estoy solo. Seguro se preparaban para un festín más grande. Continúo. A lo lejos veo a un hombre y tres mujeres, reconozco que son mujeres por su pelo. Tal vez son prostitutas. Los locales vacíos y los faroles encendidos se multiplican. Siento que no avanzo, mis pies se están helando. Advierto que las putas y su chulo (¿Son prostitutas?) son un escollo necesario en mi camino. Me acerco al tipo, las mujeres son negras y voluptuosas. No me han hecho caso. Sin duda son prostitutas. Seguro aparento no tener dinero. Aparento muy bien. Quiero llegar pero no lo consigo. Casi estoy corriendo. La bocina de un patrullero inunda el ambiente. Un gato de oscuro pelaje cruza, rápidamente, por en medio de la vía. No hay nada más que quietud y ráfagas de viento gélido que se sienten en los huesos. Al fin, el ambiente se me hace familiar. Puedo reconocer los colores de las viejas casas, mis oídos reciben las notas de la música que retumba, a gran volumen desde El Lupanar. Estoy cerca. Toco el timbre y un sujeto negro y alto me abre la puerta. Asuntos Internos, en letras luminosas, curioso nombre, pienso. Atravieso el corredor y el sonido de la música crece. Detrás de las cortinas las luces púrpuras se vuelven repentinamente rosas. Ingreso y voy directo hacia el bar, chicas medio desnudas bailan y se follan los gruesos tubos por los que resbalan sus carnes. Reviso, de forma acelerada el local, La-Madonna no está. Según los rumores -hace más de una semana que no asoma el culo por allí. Salgo de inmediato, todo esfuerzo ha sido inútil. La ciudad se apaga completamente.
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Asuntos Internos

Nunca fui más que uno de los tantos. Eso ya lo sabía, tanto ella como yo. Para mí ella siempre fue distinta (no me refiero al ámbito sentimental). Infundía una suerte de acobardamiento y dependencia en mí, como la cocaína, y su poder era tan fuerte que, en algunos momentos, cortos pero saturados, ni si quiera podía elevar la mirada hacia ella. Encuentro cierta similitud, entre lo que ocurre entre el amo, inmisericorde, y su desprotegido animal en medio de la intemperie en una noche de lluvia. Yo era ese pobre animal. Hasta llegué a pensar que, entre las soluciones más descabelladas, la naturaleza de aquella hembra no pertenecía al género humano. Era superior. De esa forma se explicaba mi temor cada vez que se desprendía de sus pantalones a cuadros y desnudaba su enorme trasero, tan dócil y a la vez firme. Ese trasero ligeramente pardo, que se deslizaba por las hoscas telas dejando entrever sus muslos gruesos, llegando hasta los pies. Ahora era turno de sus bragas de seda. Sus manos precipitaban la seda negra por su par de piernas. Ya desnuda de centro a sur, se incorporaba nuevamente. A medida que la cremallera de su chompa de cuero roja bajaba, más partes de su cuerpo quedaban descubiertas. Con movimientos imperceptibles el sujetador desaparecía de manera repentina, su cabeza volvía a su lugar, luego caía hacia atrás formando un arco casi completo que limitaba con su cadera. Sus rizos se desplomaban, desafiando la gravedad, casi tocando el suelo. Abría su boca. Finalmente yo era lo único que le quedaba. Yo era el perro que llora mientras subsiste la noche, que tiembla aterrido de frío, que gime durante la noche porque alguien lo reclame, por alguien que se apropie de él.

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