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domingo, 14 de diciembre de 2008

¡Soy longo, carajo!


El Ecuador es poseedor de una identidad nacional bastante extraña y peculiar. Mientras unos conservan sus tradiciones flamenquistas y taurinas (¡Y olé!) -aduciendo hispanidad racial- creyendose "criollos", otros recalcan sus rasgos hispánicos sobresalientes, mucho más notorios que los indígenas, por lo que de alguna manera también se creen "criollos", o en su defecto "mestizos blanquitos". Otros son los "mestizos aindiados" en los que se nota más su porcentaje indiano y que si bien se han acoplado al medio ecuatoriano, no pasarían por criollos (quizá por el racismo de estos "blanquitos"); y finalmente hay los indios, termino generalmente usado peyorativamente (Aún siendo el 30 porciento de la población total). En resumen, los ecuatorianos somos indios, indios blanquitos e indios mestizos... La primera categoría es una falsa ilusión.

En mi caso, siempre me ví como un "mestizo blanquito o cholo blanquito" (tampoco puedo negar mi color de piel). De todos modos, nunca desprecié a un indígena, ni lo hice a un lado, ni me creí superior a él. En realidad, me daban igual. Por consiguiente, jamás había dado importancia a mi indianismo y mucho menos me enorgullecía que me digan indio, longo, o que la gente use quichuismos (como atatay, arrarray, ayayay, ñaño, guambra, longo) pues lo consideraba un español impuro. Estaba, tristemente, dentro de ese grupo de gente que sabiendose mestiza, se cree "criolla", sin que esto signifique que haya sido racista, discriminador o cosa alguna.

De un buen tiempo acá las cosas han cambiado. Hoy estoy muy orgulloso de que me digan indio, longo, guagua, guambra o runa, y me enorgullece utilzar esos quichuismos tan arraigados en nuestra habla cotidiana. He valorado mis raíces indígenas como nunca antes lo había hecho, por fin me acepté a mí mismo tal y como soy. Además, he empezado a amar mis raíces andinas tanto como mis raíces no andinas, o quizá más...

Sí alguien sigue leyendo, y no se aburrió, puede preguntarse ¿qué cambió en mi vida?. Mi respuesta sería, el autoexilio. Algunos sabrán donde estoy ahora (aunque este no es el caso), pero esta salida forzada del país ha sido mi mejor experiencia para un conocimiento interior de mí mismo y un análisis retrospectivo de quien soy y qué he sido.

Cuando llegué a este país que me ha acogido, debido a ese corazón algo "socialista" que creo tener, estaba alborotado y afloraba una suerte de resentimiento social, odio al sistema y odio de su mentalidad; todos prejuicios. Al inicio solo quería empaparme más de las izquierdas, enfrentarme enérgicamente al sistema y fracasar en el intento. Escuchaba discursos del Ché, veía discursos de Salvador Allende y me inmiscuía a fondo en la música protesta. Eso sí, agradezco haberlo hecho porque de lo contrario no hubiera conocido a fondo a Inti-Illimani. Sin embargo, poco a poco esa llama de izquierda ha ido cediendo hasta un punto mucho más objetivo y centrado.

Mi cambio empezó hace como cuatro meses (o quizá casi cinco) cuando un amigo me afirmó que el Ecuador era un país del África merdional, con mayoría racial africana (obviamente) y en el cual no se hablaba castellano. Quedé sin habla; completamente atónito. Esto me incentivo a dar a conocer más sobre nuestra cultura, nuestras raíces y nuestras costumbres a los demás. Es aquí el momento más importante... Me pregunté ¿de qué me enorgulleceré? ¿Daré a conocer algo de lo que ni yo mismo estoy convencido? y ventajosamente hallé respuestas. Revaloré al pasillo, al albazo y al yaraví y dejé de sentirlos como "música de viejos" y de las reuniones familiares trasnochadoras. Quizá la añoranza de mi familia, mi tierra y amigos me hizo entristecerme de tal modo que encontraba consuelo solo en la música andina de Inti - Illimani o la música nacional, sobretodo en los pasillos.

Sin embargo, el cambio abrupto se dio mientras escuchaba el albazo "Taita Salasaca" de Benitez-Valencia. Sentí en ese momento el ritmo andino tan dentro de mi cuerpo que recordé una escena de la obra de teatro "El Danzante" de Javier Cevallos (Obra a la que le agradezco me haya invitado -aunque en ese momento no la disfruté como sí lo habría hecho ahora- y a la que pude asistir) en la que Gaspar de Mogrovejo, un estudiante universitario, luego de contarnos lo fingida que era la sociedad quiteña, baila un danzante y reconoce que no puede engañarse a sí mismo de sus verdaderas raíces, reconoce que debe dejar de creerse lo que no es; entonces acepta y vive sus verdaderas raíces andinas.

Ese momento reaccioné hacia una realidad diferente a la habituada... ¡Me ví como un indígena!, me ví bailando y disfrutando del momento ancestral... Y lo más satisfactorio es que ¡no me dio vergüenza!. Es algo inenarrable. Desde ese momento he revalorado a nuestra música, a nuestras lenguas originarias, a nuestra gente y a nuestras raíces, que mi madre está preocupada; dice que está harta de escuchar Inti-Illimani y pasillos todo el día. Mis propios amigos que aún siguen en contacto conmigo ya me han gastado un par de bromas como "Inti-Ahmed" o "Longo Ahmed"; de todos modos, no me avergüenzo de ello y agradezco que se burlen de esa manera, y esto me emociona más haciendome soñar en un Ecuador diferente donde todos aceptemos y valoremos nuestra indianidad.

Lamentablemente hay muchísima gente que aún no piensa así, y digo lamentable porque aprovechan de su hispanidad para longuear a todos, que, en vez de aceptarse, se cree española, vive las torerías como sevillano, segrega al indígena (sin saber que lo hace así mismo),no acepta su mestizaje, ni mucho menos sus raíces. Yo, por mi parte, agradezco a quienes me han hecho revalorar todo esto directa o indirectamente, agradezco a este viaje que me ha permitido aceptarme tal cual soy (¿ Para qué más sirve un viaje sino para conocerse a uno mismo, y hacer un análisis sesudo de lo que uno es?) y que me ha hecho sentirme orgulloso de decir sin tapujos: ¡También soy longo, carajo!.
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viernes, 16 de mayo de 2008

El aliento de las musas

Por: José Luis Castro

Paradójicamente, Poe, un romántico, sentenció que la poesía es un ejercicio de la inteligencia. En contrapunto, los clásicos, señalaban que los escritos líricos se emprendían desde la inspiración de las Musas. He aquí el punto convergente, concerniente a los lectores más que los autores, que desafortunadamente se ha descolorido y vulgarizado con el pasar de los tiempos. ¿Existe la inspiración? Pienso que el postulado de los clásicos puede estar sujeto a interpretaciones erróneas; Milton sugiere que para evitar contratiempos, asemejemos a las Musas de los griegos con lo que hoy en día se conoce como el espíritu. Argumento con el que me encuentro más confortable.

El arte no nace de la casualidad, sino de la voluntad. De la voluntad en aglutinación con la técnica y el lenguaje. El arte se ocasiona del esfuerzo y de la persistencia. Es cierto que las obras de los artistas absorben todo el caudal de situaciones, sean estas sociales, políticas y demás parámetros que limitan su realidad. Sin embargo, estos factores no dejan de pertenecer a un plano secundario con relación al quehacer artístico. Tal vez exista un motivo central, un objeto, una persona, una imagen, pero la misma no es más que una burbuja que el escritor, pintor, músico, director, etc. debe tratar con extrema precaución para trocar a esa frágil burbuja en una hermosa, no me refiero únicamente a la percepción de belleza, esfera de vigoroso mármol. Según los escritores americanos del siglo XX el artista puede visualizar el principio y el fin, pero nunca lo que está entre ellos, para ello existen las palabras, los sonidos, las imágenes…

Así como El Perro Andaluz no se puede sintetizarse, ni mucho menos se origina, en dos sueños, sino que el espectador debe emprender una tarea de comprensión frente al escabroso afán de Dalí y Buñuel, frente a cada imagen, a los cambios musicales, al tango y a Wagner, a la asociación extrema de las ideas, al choque de traumático del ojo seccionado, de las arañas saliendo de la palma de la mano, de los putrefactos burros, del placer, del hastío, del anacronismo, de la mentira. Asimismo implicaría una calificación torpe, para Los Detectives Salvajes, la de un diario biográfico. Resultaría provechoso, aunque parcial, pensar en la novela como una metáfora gigantesca acerca de la eterna búsqueda artística de un estilo, sobre la perfección del arte, sobre los afanes de innovación de cada generación. Dentro de la literatura de la no-ficción, término que me sigue pareciendo contradictorio, A Sangre Fría no surge de los crímenes y el asesinato de Dick y Perry, sino del trabajo y las cavilaciones de Capote. El sollozo… de Efraín Jara no nace del suicidio de Pedro Jara, sino de la nostalgia y el dolor que el poeta transmite, combinando de modo magistral su intelectualidad con su sensibilidad. A los fabuladores les está prohibido rebelar directamente su moraleja, esto hace que el arte no se pierda entre los potreros de la cursilería.

En fin la inspiración, arrebato que no representa de modo alguno la esencia de la labor artística y hasta puede ser prescindible, no debe entenderse como un sentimentalismo, sino como una premisa que viaja de la realidad al espíritu, a la inteligencia, a la conciencia… al papel, sobre la cual trabaja, tal vez este es el término esencial, el creador de una nueva obra.

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jueves, 15 de mayo de 2008

Michaux y el Ecuador


Antes de juzgar la actitud -y más que actitud descripción- de este belga sobre nuestro país hemos de comprender las circunstancias de su viaje en el país.
Gangotena vivió en las primeras cuatro décadas del siglo XX por lo cual Michaux -su amigo- llegó al país en esos años, quizá a mediados de la década del veinte y escribió su pensamiento fundamental del país para mil novecientos veinte y nueve. Quito no pasaba de ser un pequeño poblado con aires europeos y a más de eso parisinos y bruselinos. Lamentablemente la situación no era tan dulce como puede sonar, pues, las calles debieron ser un desastre, las plazas una porquería incesante (Y esto no está muy lejos de nuestra memoria pues no son ni diez años de la recuperación de la plaza de Santo Domingo o del Tejar Jarrín mas conocido como la Ipiales, actuales BBB) y sumado a la peculiar distribución y forma de la ciudad que probablemente para esas fechas no llegaría a más allá de lo que es hoy la Av. Patria.

Michaux llegó al Quito histórico, lleno de quebradas rellenadas, llenas de piedras mal unidas en las vías, y un alcantarillado deplorable; si a esto le sumamos la altura de la que debió ser víctima éste belga, por su nacionalidad sin confundir sonidos fonéticos, tendremos como resultado una visión totalmente europea, clásica, de América y de nuestro propia ciudad a la que consideran, como a muchas más, una pequeña villa en medio de la selva aborigen y poco conocida donde no llega el agua y no hay luz. Radio y casas con techo mucho menos. Supondré además que si por alguna cosa del destino nosotros llegamos a tener la amistad de algún africano que lleno de emoción nos invitase a Angola -por dar un nombre solamente- al llegar o empezar el viaje tendremos en la mente la misma visión europea pero esta vez para Angola. "Paisucho" donde no habrá nada más que desiertos, poca agua, un idioma desconocido y hasta en el pensamiento menos racista o clasista, negros y sida. Personalmente le sumo a esto que Michaux "experimentó" y llegar a Quito, empezar a ver su entorno tan tétrico y desesperante sumado con sus experimentaciones nos darán lo que escribe, un texto surrealista, donde el país no llega a ser nada y hasta maldice una tierra que le ha dado acogida.

Analizando ahora el poema después de ubicarnos en ese Quito del siglo XX donde el Águila rondaba sutilmente las calles, y la gente vivía en las ventas de mercado, se siente tan frustrado que hasta lo maldice así mismo el hecho de estar en la altura y en una ciudad tan poco estilizada a la forma europea pese a que Quito mantiene ese estilo "copiado" de ciudad de alguna manera debió ser chocante por lo que nunca resalta nada positivo de la ciudad solo toma la subida a la capital por carreteras en pésimo estado, con montañas de gran altura que hacían de su agonía la situación más larga y pesada. Además con su pensamiento europeo de América todo le apestaba, los propios indígenas le fueron grotescos en las calles y su forma de trabajo. Esto ayuda a ese amor por la ciudad. La rima del texto a mí no me convence, no sé, siento al texto más con un relato que como un poema, creo que le hace falta dinamismo y un poco más de sentimentalismo, quizá esté equivocado, pues siempre había visto al poema como los clásicos, de manera demasiado métrica, con endecasílabos y &&&. Sin embargo estudiando un poco al verso libre y la prosa poética considero éste texto muy poco desarrollado, muy poco poético quizá por mis prejuicios sobre la forma de hacer poesía ya que no hay tanta construcción de vocablos ni ese sentimiento al escribir, da la impresión de que tan solo parece que el autor está convencido de renegar al país que odia quejándose de la diversidad del país y la propia distribución y aquí otra vez puedo insistir en que esté equivocado debido a que yo esté influenciado por ese sentimiento nacionalista que se ve golpeado por tremendas afirmaciones y que hacen que uno de inicio vea con desdeño y poco interés al poema. El uso de palabras es buena aunque no me gustó la idea de repetir palabras para darle más más y más énfasis.

Pese a todo el poema es interesante pues es una forma de surrealismo muy cercana ya que fue escrita en honor a Quito y mantiene, eso sí, el estilo surrealista de ver cosas donde no las hay y de pensar en pajaritos por tanta droga que se consume.
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miércoles, 14 de mayo de 2008

W. K. W. (2)

Por: José Luis Castro

Los personajes de Wong Kar Wai son solitarios por excelencia. Sujetos que no pueden escapar de su pasado y que son devorados por la animadversión.

Siempre que te pregunto

que cuando, cómo y dónde,

tu siempre me respondes

Quizás, quizás quizás…



En cuanto a 2046, una suerte de prolongación de la vida del Sr. Chow, el film se asemeja más a las descripciones de la prosa inmediata. Posee imágenes que se suceden, de un modo, un tanto desordenado y mucho más rápido que las de In the mood for Love. Los personajes, durante este film, dejan la inocencia de un lado y adquieren cualidades que los hacen exquisitamente eróticos y mucho más sensuales. El protagonista, marcado por su anterior decepción amorosa, es mucho más frío y despreocupado con sus actuales amoríos, lo cual lo transforma en un personaje redondo y completamente distinto al que se presentaba en el filme anterior. Sus aventuras; Bai Ling, que personifica la atracción física de manera lasciva y trémula. Jin Weng, poseedora de una afabilidad y docilidad única que combina con una atracción fortísma y Zu Li Zen, mujer más enigmática, misteriosa y nostálgica, pero igual de seductora, se constituyen como uno de los puntos fuertes de la cinta. El sexo, sin compromiso, es un tema recurrente. Si es que caben los términos, 2046 es mucho más mundana y libidinosa. Los boleros continúan, pero ahora sutilmente las escenas se matizan con extractos de la opera.

"Si hubiera nacido en otra época, mi vida hubiera sido diferente"

En 2046, Wong Kar Wai experimenta con la ciencia ficción, gracias a que la vida del Sr. Chow, escritor y periodista, se mezcla con la literatura que el mismo recrea. Un personaje que debido a su desesperanza, decide huir hacia 2046, un lugar del cual nadie regresa, salvo el narrador de la historia, es allí donde, el alter-ego de Chow, experimenta varios romances tórridos con los robots de ese lugar, quienes carecen de sentimientos humanos. Fábula que se ajusta perfectamente a la realidad. El director koreano consigue que un lugar común, el amor, no se entremezcle con el sentimentalismo, sino que adquiera una carga conceptual muy profunda.

"El amor es una cuestión de tiempo"

Finalmente y luego de estas estériles palabras, no me parecería que calificar a las películas, In the mood for Love y 2046 de Kar Wai como perfectas sea, como dijo años atrás un erudito argentino, una imprecisión o una hipérbole.

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W. K. W. (1)

Por: José Luis Castro

En el pasado, cuando las personas tenían secretos,

y esos secretos no deseaban compartirlos, subían a una montaña

buscaban un árbol y tallaban un agujero en él

para susurrar el secreto en el agujero,

luego lo recubrían con barro

de ese modo nadie más lo descubriría…


Me gusta Wong Kar Wai; me gusta Wong Kar Wai porque perfecciona el trabajo fotográfico que brinda en cada una de sus películas. Me gusta Wong Kar Wai porque amo el tratamiento que el director aplica en sus postulados cinematográficos sobre el color. Me Gusta Wong Kar Wai, porque musicaliza extremadamente bien cada una de sus escenas, porque ahonda la psicología de los personajes, brindándoles una madurez inusitada, porque nadie más sabe manejar el sonido del silencio como él, porque escamotea verdades escondidas. Me gusta la tragedia y también me gusta Wong Kar Wai. No me gustan las "películas para señoritas”. Me gusta Wong Kar Wai porque sin su rigurosidad artística, los temas que abarca convertirían a sus largometrajes en "pelícuals para señoritas”.

"No sirve de nada encontrar a la persona indicada si el momento no es el adecuado"

Particularmente, reconozco que en la actualidad literaria existen dos corrientes prosaicas, bien marcadas, la erudita; Bolaño, Marías, Fuentes…sólo por citar algunos nombres. Y otra prosa más bien improvisada, aparentemente más inmediata y franca, pero igualmente de alto valor artístico; Lóriga, Aira, Fuguet… En fin, volviendo al cine, yo (y perdón por mis sucintos conocimientos de cinematografía) colocaría a In the mood for Love de Wong Kar Wai, dentro de un tipo de imagen que se asemeja a la descripción de la prosa erudita, pues, cuida en abundancia cada detalle que la cámara muestra al espectador. Es el tipo de película, más bien, europea de tinte francés, esto sin desplomarme sobre estúpidos argumentos raciales, sino asentándome fuertemente sobre la tradición. Los cuadros y representaciones de Kar Wai son dulces y al mismo tiempo desesperanzadores. Son paisajes que se presentan, una y otra vez, suavemente. Son imágenes, rostros, dóciles, que invitan a la contemplación. Adoro el ambiente que maneja la película, los 60s, tal vez mi década favorita, adoro los peinados, las poses de la Sra. Chan y también los vestidos que esculpen extraordinariamente su lívido pero sensual cuerpo. Las caminatas lánguidas de Sr. Chow por los pasillos desolados. La inocente trama romántica que se arma en torno a estos dos personajes. La negación. La cámara lenta. Los boleros. Las sinfonías de Umebashi.

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miércoles, 30 de abril de 2008

La cultura es la realidad (2)

Por: José Luis Castro

No por leer a Bukowski, alguien que vivió lo que escribía, voy a transformarme en un adorador del vino y de las putas, ni por leer Proust voy a enfermar de esquizofrenia, ni voy a adquirir su amanerado carácter, ni mucho menos, por leer a Perec voy a poseer mágicamente un amor por los gatos, a los cuales odio. Cuando finalizo la lectura de Lolita, y decido leer nuevamente algunos de sus capítulos, no lo hago por pedofilia. No soy un degenerado si es que me introduzco literariamente en la plataforma sexual de Houellebecq. Y no creo cometer un crimen si es que veo el cuerpo desnudo de Brigitte Bardot en El desprecio de Jean-Luc Godard. No entiendo por qué censuran películas como La última tentación de Cristo de Scorsese y transmiten libremente la bazofia de Gibson. El arte, al menos el bueno, se da el lujo de versar sobre diversas temáticas, que en la vida real producen hastío, porque lo hace con rigurosidad, evaluando al extremo cada palabra, cada imagen, cada sonido, cada color, cada verdad, cada mentira que esconde.

El arte es elitista, sabia frase. Pocos saben apreciarlo verdaderamente.

No le creo a Harry Potter. Sí le creo a Josef K.

La cultura es la realidad, el cine es la realidad, la fotografía es la realidad, la pintura es la realidad, la música es la realidad, la literatura es la realidad.

Recuerdo la primera vez que leí a Borges, hace más de un año, en lo complicado y retorcido que me parecía (ahora me parece mucho más complicad0) Tlön, Uqbar y Orbis Tertius, comprendía poco a poco que Borges tiene un mundo propio y sus libros otro. Comprendí, igualmente, que debía escamotear ciertos símbolos de su mundo fantástico. Hasta hoy recorro sus senderos cada vez más asombrado, las puertas de la imaginación y de la creatividad se abrieron. Los límites se transformaron en creaciones ideales, puras mentiras que, mientras recostado en el sofá, leo entre palabra y palabra, meticulosamente seleccionadas, son verdades. Desde ese entonces procuro vivir y leer, y separar las acciones, reacciones, expresiones, impresiones que ocurren en una y otra vida.

Para finalizar estas ociosas, pues no procuro instaurar ningún afán evangelizador o misionero frente a las diversas preferencias artísticas, líneas, en algún lugar físico, en la página cincuenta y cuatro del libro Obras escogidas de la editorial el conejo, Palacio escribió seis palabras que ratifican mi postura frente a la cultura actual: Quien coma lo que crea.

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La cultura es la realidad (1)

Charles Bukowski y Paris Hiton en un bar de París.

Por: José Luis Castro

Hace un tiempo, echando un vistazo a los videos del youtube encontré una entrevista que uno de mis escritores favoritos, Bolaño, concedía al programa virtual Offtherecord. Durante alrededor de cincuenta minutos, el periodista hablaba con el escritor de cada uno de sus libros. Y al mencionar el libro de cuentosLlamadas Telefónicas”, el periodista citó una de las frases de la contratapa, afirmada por el autor del libro: LA CULTURA ES LA REALIDAD. Pensé entonces en la problemática artística; la idiosincrasia nos obliga a mantener una actitud pasiva, lógica y racional con el arte. La gente no puede desligarse del mundo para asumir las obras de arte responsablemente y prefiere la vulgaridad, fuente absoluta de estéril diversión. Pensé también en las páginas rosadas de los diarios de las muchas jovencitas que desgastan esferos, escribiendo, lo que ellas llaman, “poesía”, luego pensé en Arjona, en Coelho, en Allende, cuantas veces no quise quemar un libro de Allende. Pensé en los libros quemados, los libros desterrados, los libros robados, los libros olvidados. La cultura moderna está ligada con cursis historietas de amor, fábulas de Disney o novelas mexicanas. Es curioso, cuando las personas miran high school musical, repudiable cinta, nadie reprocha nada, es más, hacen mil partes más porque resultó ser un boom. En cambio cuando se aventuran por un filme de Kurosawa, por ejemplo, los comentarios suelen variar desde los molestos ronquidos hasta los <<este tipo si se pega de la verde>>. En este momento recordé una entrevista en la que Quentin Tarantino enfrenta a una seudo-crítica de cine; ella le dice que su película Kill Bill es demasiado violenta y que no la recomendaría para nadie, por el contenido de muertos inocentes que se producen en la misma. Entonces Tarantino, con su particular estilo callejero, le dice que Kill Bill trata acerca de la venganza y del honor, y que es necesario mostrar ese tipo de imágenes para causar sensaciones extremas en la audiencia. Luego la mujer, de abultada papada, corpulento semblante, sombrero negro, chaleco café y una blusa escandalosamente rosa, le dice al director que esas escenas no son necesarias y no encuentra razón para incluirlas en el largometraje, comentario que desencadena la histeria del creador de Pulp Fiction, quien dice: Because, i-s-s-o-m-u-c-h-f-u-n-n-y, don`t you get it; a lo que ella le responde, qué sentiría si es que saliendo de la entrevista un grupo de chiquillos lo acribillan con los sables que usó en su película, este es el momento en el que Tarantino le dice a su interlocutora, estás muy equivocada: tu hablas de la vida real y yo del cine, ahora, si quieres hablar de tu aburrida vida entonces hablamos de ella y si quieres hablar de cine, hablemos de cine. Para finalizar Tarantino le dice, gritando, esta película realmente no fue hecha para personas como tú.


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Chaparro: El flujo de la conciencia


Por: José Luis Castro

Para desmerecer a Chaparro se han dicho muchas cosas, por ejemplo: alguna vez alguien dijo que sabía cómo hablaban los personajes de Opio en las Nubes, pero no cómo escribía el colombiano. La objeción es tan patética y tan consagratoria como las acusaciones que, durante muchos años, se esgrimían contra Borges, tachándolo de escritor de segunda mano y de plagiario. Para refutar las acusaciones a Chaparro, o llenarlas, por el contrario, de razón, basta con olvidar cómo escribe Chaparro y recordar qué es lo que hace. Y lo que hace, lo que Chaparro hizo en su primera y única novela fue atentar contra lo tradicional. Llenar páginas, con metáforas sangrientas, bulímicas, desesperanzadoras. Establecer relaciones entre los segregados y la literatura. Utilizar herramientas narrativas para expresas sensaciones. Contar mágicamente la vida de un borracho, la de un drogadicto, la de una puta o la de un gato. Amasar las palabras, simplificar oraciones, añadir sustantivos, matar comas y amar a los puntos. Chaparro transforma a la desolación y el desengaño en hábito. Algo similar ocurre con su prosa, durante los primeros capítulos resulta extraña, ajena y chocante, hasta que el trip o las tribulaciones se tornan en rituales, y los rituales se exageran y todo lo excesivo aburre. Experimenta con nuevas corrientes; el rock es su influencia predilecta y de esa forma logra advertir verdades escamoteadas, esfumar secretos innobles. Desordenado, novedoso, tremebundo, son solo adjetivos vagos para describir su estilo.

Sin embargo, y muy a pesar de las estratagemas que Chaparro utiliza entre cada una de sus páginas, por un momento tuve la sensación, al terminar de leer la novela, de que la historia pudo haber concluido cincuenta o hasta cien páginas atrás y el resultado seguiría siendo el mismo. Llevo todavía el sin sabor consistente en saber qué pasó con Amarillo, Sven, Lerner, Marciana, Gilmour… y tantos otros antihéroes del mundo de Chaparro. Tal vez el pero pecado que pudo cometer Chaparro Madiedo, fue el de anteponer su preocupación por la estilización del lenguaje a lo que quería contar, que aunque riguroso, se pierde entre símiles que deberían ser acribillados.

La duda se repite siempre, qué tuvieron en común Chaparro o Caicedo, con los Beats, con Burroughs o con la poesía de Gingsberg para que sus temas recurrentes sean los mismos: el alcohol, las drogas, los antisociales, la muerte, la vida, aquellos que desvarían por el mundo sin un objetivo, ni una función. Ellos son los grandes verdugos de la sociedad, los degolladores inmisericordes de las personas y de la erudición.

Al final es el tiempo el que se encargará de sentenciar a la literatura de Chaparro: burbuja o fruto. No obstante, Bolaño alguna vez dijo que dentro de 6000 años menganito y Shakespeare ocuparán el mismo lugar dentro de las oscuras moradas de olvido.

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viernes, 25 de abril de 2008

3. Chaparro Japonés

Los sonidos que Chaparro utiliza en Opio en las nubes son de lo más comunes. Trip. Mierda. Lluvia. Noche. Babitas. Whisky. Son esas palabras que todos usan todo el tiempo. Su significado carece ya de sentido. O tiene tantos que parece haberlos perdido todos. Pero es ahí donde sabe manipular el lenguaje para dilatar los harmónicos de las palabras y crear kakekotobas personales y flotantes. En la repetición está el símbolo. Parece incluso que hace del español un lenguaje tan vago y sugerente como el de Issa o Chikamatsu. Pero luego vemos que sus descripciones son crudas, carecen de pudor.

Y por medio de un lenguaje evidente, lleno de Mierdas y trozos de Rock por todos lados, construye un lenguaje propio. Logra un amplio símbolo lingüístico, personal y urbano. Con la repetición de kakekotobas chaparrenses dibuja, a lo largo de fragmentos casi inconexos y flotantes, a cada uno de sus personajes. Es incluso posible imaginar, en el segundo capítulo, la voz de Sven o más allá el olor a viernes de la ciudad. Y todo por su lenguaje sugerente en la crudeza, en el ritmo cortante, en lo discontinuo. Rafael Chaparro, además, transgrede los límites puramente semánticos de su lenguaje: va hacia el terreno sensorial y lo mezcla con palabras: «Huele a labial, a mujer rodeada de oscuridad».

Aún cuando, y tal vez por eso, mis lecturas de japoneses son escuetas y la de Chaparro también, me es inevitable asociar a este escritor con las prácticas de la literatura japonesa. A veces pienso que Chaparro, al igual que otros vanguardistas como, pongamos por caso a Palacio, logró una literatura tan cruda y personal que llega a ser ambigua y sugerente. Es esa literatura que obtiene impresiones extrañadas desperdigadas en novelas desconectadas, pero comunes a todos. Hizo lo que Japón ha venido haciendo desde hace tres siglos: kakekotobas, harmónicos, lenguajes sugerentes y trozos brillantes, pero sin el refinamiento en la levedad y la gracia japonesa sino con realismos sucios, propiamente urbanos. Chaparro sugiere y harmoniza desde lo grotesco e inconexo de lo evidente.

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2. Kakekotoba, trip trip trip

La naturaleza del retruécano en el japonés es innata. Como los posibles sonidos del japonés son simples y su número limitado*, fueron inevitables los homónimos y las palabras que contienen palabras enteras o partes de palabras con significados completamente distintos. Tomemos la palabra kagarashi que además de significar igual «el viento otoñal» y «anhelar vivamente», es el nombre de un bosque famoso. De esta manera, cada palabra japonesa puede provocar en el literato y en el lector una serie de harmónicos que, a la final, originan un lenguaje ambiguo y sugerente por naturaleza. Tal vez el más vago y más sugerente del mundo.

Podríamos decir que de los harmónicos y de las incontables asociaciones lingüísticas que encontramos en este idioma, brotó uno de los caracteres más significativos para el verso y la literatura japonesa: el kakekotoba. Llamado también pivot word o «palabra eje», cuya función es unir dos ideas diferentes mediante un giro o desviación del significado propio de la palabra. Esto denota también otra característica básica de la literatura japonesa: la compresión de muchas ideas en un espacio reducido. Por ejemplo la voz shiranami, que significa «olas blancas» a un japonés le podría llevar a la palabra shiranu, que quiere decir «desconocido», o a namida, que significa «lágrimas». Entonces estamos ante la asombrosa construcción de un lenguaje más que simbólico, metafórico, sugerente y ambiguo por sí mismo. Y con este lenguaje ambiguo, en Japón se escribía tratando de representar grandes entidades por medio de pequeños detalles: al bosque por la rana, al árbol por la flor. Este manejo dio por resultado realismo y concreción en las imágenes, pero también una nebulosa ambigüedad total. En palabras de Keene: «La mayoría de las novelas japonesas tienden a descomponerse en incidentes inconexos, a la manera de los viejos cuentos poéticos. […] El recuerdo que nos quede de la novela será el de unos trozos de colores brillantes que se funden de cierta manera en un todo indefinido.» Casi como lo que Chaparro, Palacio y otros vanguardistas pretendían con su literatura.

Trip trip trip. Trip trip trip. Y quién sabe cuántas veces más se repite a lo largo de la obra de Chaparro. Tantas veces que terminamos por ligar a estos sonidos mínimos una serie de significados diferentes. Y lo logra solo mediante la desviación del significado del contexto. A veces parece «una risita subterránea». O nos remite a «la ira», a «lo urbano». Recuerda «un día jodido de Amarilla». «Mierda». Y sin darnos cuenta, nos encontramos frente a un kakekotoba chaparrense, de nacimiento instantáneo. Un sonido que comprende en su reducido espacio muchas ideas.

* El link proviene de aquí, y forma parte la obra teatral Sonezaki Shinju, de Chikamatsu Monzeamon.

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1. Literatura Japonesa

Algunos se refieren a la literatura japonesa clásica como un arte moderno. Y los más modernos la llaman, incluso, vanguardista. Pero estos conceptos, además de ser occidentales, fueron concebidos algunos siglos después para describir otro arte. Muchos otros, la mayoría, prefieren estudiarla como literatura del Japón y ya. Donald Keene, de quien citaré su obra, lo hizo así.

No es difícil entender esta propensión calificativa de occidente si encontramos, en pleno s. XIX, a un Issa escribiendo: «El mundo del rocío/ es un mundo de rocío, sin embargo,/ sin embargo.», aludiendo a la muerte del único hijo que le quedaba. Ciertamente casi ningún poeta moderno se las ingenió para sugerir más con tan pocas palabras y además con tratamiento estético.

Y si revisáramos los «cánones» de escritura japoneses nos impresionaría su vanguardia. Los retruécanos que comenzaron imperceptibles con Shakespeare y llegaron a su clímax con Joyce, en el Japón estaban profundamente desarrollados ya en el s. XIII.

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jueves, 10 de abril de 2008

Crímenes Perfectos (2)

Como siempre, nunca puede faltar el gringo. ¿Canadiense?... baa, da lo mismo. Kerouac es una mezcla única entre ilusión y desesperación. Kerouac es un sinónimo de jazz y de drogas y de alcohol. Es casi como escuchar a Thelonious Monk tocando la guitarra, el clarinete y la batería al mismo tiempo:

“En el baño cálido y en la salvación de sus muslos, anhelaba esas intimidades de los jóvenes amantes en la cama, altos, los ojos ante los ojos, el pecho contra el pecho desnudo, órgano contra órgano, rodilla que se aprieta contra la rodilla temblorosa y pecosa, cambiándose actos de amor y de existencia por el gusto de hacerlo. "Hacerlo", la gran expresión suya; me parece estar viendo sus dientecitos salientes entre los labios rojos, viendo " hacerlo", la clave del dolor sentada en un rincón, al lado de la ventana…”

“Los hombres son tan locos, desean la esencia: la mujer es la esencia, ahí la tienen directamente entre las manos, pero ellos se precipitan en todas direcciones erigiendo inmensas construcciones abstractas. (…) se precipitan en todas direcciones y entablan grandes guerras y consideran a las mujeres como premio, en vez de seres humanos; muy bien viejo, no se puede negar que yo estoy en medio de toda esa porquería pero te aseguro que no pienso participar en lo más mínimo.”

El gringo canadiense es, sin duda, más cinematográfico. En un principio parece reflexivo, pero entonces nos sale con alguna oración remontada sobre otra. El sujeto de reflexión se pierde, empieza la enumeración, la metáfora, el término rebelde, de nuevo una nueva reflexión… parecía Mishima, deliciosamente amanerado, y termina como, el lunático y desequilibrado, Bukowski, claro, sin ningún ordenamiento en particular. Kerouac es el oso que agita sus torpes y grandes manos sobre las teclas de marfil de un elegante piano alemán. Es una mera improvisación y espontaneidad acerca de distintos temas que aparecen de repente, en los cuales se me mantienen un hilo narrativo. Recarga imágenes, sobrevalora términos. Abreviando; es una patada a la escritura convencional, pero está bien escrito y eso es lo que cuenta.

Es curioso, los vanguardistas antes citados, mencionan indirectamente los raquitismos de sus sociedades; presentan críticas y sátiras mucho más crudas que las que presentan sus contemporáneos, que dedicados, en cambio, al realismo social, denuncian las “injusticias” de los sistemas de un modo tan directo que se torna, a más de somero, aburridor.

Finalmente, he escuchado el tradicional Concierto de Aranjuez de Rodrigo, interpretado por Pepe Romero, luego la versión “Jazzera” de Chick Corea de la misma pieza. Maravillosos. Asimismo leo una prosa “común”, por ejemplo Coetzee, y después leo retazos de Palacio. Soy sincero, no sé a cual prefiero; el original o el experimento. Concluyo, los dos me han encantado. Y pienso, los fragmentos son inútiles, estos escritores sólo escriben obras totales, tal vez fui yo el que perdió el tiempo.

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Crímenes Perfectos (1)

En las subsiguientes líneas pretendo mostrar brevemente las formas de experimentación del lenguaje, mostrando los estilos narrativos de tres escritores en particular: Miguel de Unamuno, Pablo Palacio y Jack Kerouac. Tiempos, lugares, personas, lenguajes, contextos… disímiles. Pero compañeros de una revolución, si es que el término (tan fastidioso y farolero) me es permitido, literaria. Ahora mismo recuerdo una frase; todo escritor debe realizar sus trabajos, pensando que los mismos van a constituirse como una obra maestra, como una innovación a las letras, de lo contrario, pierde su tiempo. Pienso que en esa frase se revela un cúmulo de anhelos vanguardistas, de experimentación, de novedad.

Y entre estas y aquellas nos es dado Unamuno, narrador, poeta y filósofo español perteneciente a la generación del 98:

“El amor precede al conocimiento, y este mata a aquel. Nihil volitum quin praecognitumv (Nada es deseado sin ser antes conocido), me enseñó el padre Zaramillo, pero yo he llegado a la conclusión contraria y es que nihil cognitum quin praevolitum (Nada es conocido sin antes ser deseado). Conocer es perdonar, dicen. No, perdonar es conocer. Primero el amor, el conocimiento después. Pero ¿cómo no vi que me daba mate al descubierto? Y para amar algo, ¿qué basta? ¡Vislumbrarlo! El vislumbre; he aquí la intuición amorosa, el vislumbre en la niebla. Luego viene el precisarse, la visión perfecta, el resolverse la niebla en gotas de agua o en granizo, o en nieve, o en piedra. La ciencia es una pedrea. ¡No, no, niebla, niebla! ¡Quién fuera águila para pasearse por los senos de las nubes! Y ver al sol a través de ellas, como lumbre nebulosa también.”

Frases que vuelan por mi mente, leo una, luego otra, finalmente llego a la palabra también, pensando, ¡carajo!, me ha dicho tanto en menos de diez líneas. Me ha comentado, por ejemplo, que ¡el hombre no es un ser racional, es un ser ilusionado!... Vuelvo a leerlo, ahora he reconocido, entre pregunta y respuesta, entre ramplonas exclamaciones y descabelladas afirmaciones, una carga titánica de angustia existencial. Y entre las metáforas finales…titubeo… incertidumbre…tal vez, sólo tal vez… es una pedrea, ¡Duda! Al tiempo que me muestra al hombre, no al físico sino al literario, de manera espiritual. Rompiendo las barreras de la razón (otro término herético) literaria. Describiendo los desordenados pensamientos, de un ser meramente pasional.

Salgamos de la nebulosa de Unamuno y enganchémonos vertiginosamente, con trajes cuadrados, chajs, caligramas, siamesas, en fin… al universo Palaciano:

“Tiempo.

La tomo por la cintura, la estrecho contra mí, la beso. Veo desmayar sus párpados y advierto su visión lánguida. Ana está sola conmigo y aquí en lo mío.

Ay, la corona de flores olorosas. Ay, niña, niña.

Conmigo… no, con otro. Yo he estado ahí con Ana. He sido un simple espectador. Lo he visto todo, aun yo mismo me he visto, y he reído a más no poder de todo porque eso era tan deliciosamente cómico, amiguito.

Bueno, ¿Y por qué me meto yo en estas ganzadas?

¡Oh!

Señor Jefe Político, a usted, carajo –como bien dice su señoría misma-, a usted, sí, señor, ¡carajo!, lo tienen allí solo para alcahuete.”

Con Palacio el asunto es diferente. Él me resulta placenteramente teatral. Es una crítica desgarradora, ridiculizante, a la sociedad. Él es el guión de un grupo de teatro, en el cual se mencionan todos los gritos del director, las caídas de los actores, los fallos de las luces, todos los chicles y bostezos de los espectadores. En comienzo, un hombre y una mujer que inocentemente se aman, y yo también veo como la actriz desmaya sus párpados y su libidinoso cuerpo en los tibios brazos de aquel sujeto de jocoso sombrero y terno. Luego los versos del sujeto enamorado, ay niña mía… un momento, algo extraño sucede, el sujeto no está enamorado, al contrario, está despechado… ¡Traición!, ¡Desencanto!, las luces de color violeta se atenúan, ¿Él mismo se ha visto?... ahhh… brumosas cortinas se cierran, entonces las sugerencias mentales me matan y miles de juicios a priori me invaden. Miro detrás del escenario, la obra continúa, mis conjeturas son herradas; Jefe, carajo, tienen, alcahuete, no estoy seguro si en realidad lo viví o tan solo lo soñé. De todas formas, estoy asombrado, luego pienso: HA SIDO TODO UNA VICIOSA BURLA.

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miércoles, 27 de febrero de 2008

Un hombre muerto a puntapiés


Como me ha sido característico prefiero comentar un libro, cuento o lo que sea en concreto que una totalidad, es así que he elegido a "un hombre muerto a puntapiés". Desde el inicio uno queda atrapado en la lectura, que mejor forma de llamarte la atención que un encabezado de crónica roja estilo diario extra, como lector es poco novedoso, pero para quien vive la historia es el típico título que te deja con el corazón en la boca y con la intriga de saber más. Personalmente lo primero que se me vino a la mente cuando Palacio dijo que ere VICIOSO, fue lo que todos conocemos, un clásico homosexual que ha de querer una fantasía con alguien, y que fue recibido con todo el cariño del mundo de nuestra sociedad, es decir, llegando así hasta su muerte. Éste final es muy sugerente, pues uno puede anticiparse a lo que vendrá después, pero como todo esta trama tiene tintes policíacos y como no es escrita por uno, puede haber un final inesperado, que lamentablemente (al menos para mí) no se dió; no es que me quiera creer nada importante, mi ego lo permite pero no lo haría, de todos modos, pienso que al menos en este cuento siento que lo pudiera haber hecho igual, es decir, una idea muy similar se me ha cruzado por la mente y sin leer todo el texto me he dado cuenta de lo que Palacio quiso decir y cual sería el hilo conductor del texto.

Lo que más me gustó del texto fue el narrar la historia en primera persona, lo que hizo que uno se sienta parte del parte, valga la redundancia, pues es como si fuera un juicio donde uno forma parte y puede sacar sus propias conclusiones; el repetir palabras además me pareció interesante, pues es la forma clásica de hablar en nuestra sociedad y que alguien haya escrito así da a entender que quiere llegar a un grupo selecto de lectores. Algo que me gustó y que puede corregir mi visión del final inesperado es la reacción de Ramirez frente al joven de 14 años, esa forma de desear su inocencia da una imagen de un loco psicópata que necesita cumplir sus fantasías, eso hace que la horizontalidad del texto quiebre rotundamente, pues nadie espera una reacción tal donde todo ese sentimiento complejo de Ramirez sale a luz y llega hasta ser repugnante. El texto es bueno, una buena construcción lo que hace que no sea cansón y que de guía al texto para seguir la corriente. Sencillo, Conciso y Preciso, aunque un poco predesible, de todos modos me ha gustado mucho.
Aqui les dejaré el vínculo por si alguien quisiese leer el texto.
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domingo, 24 de febrero de 2008

Palillos empacados, (2)

El bar de ayer tenía dos niveles, sus balaustres eran de metal y sus sillones de cuero blanco. Tenía vista a la plaza, una gran cava de vinos argentinos iluminada sutilmente de rojo, mesas de maderas finas y lámparas colgantes de vidrio y metal. Los focos iluminaban con delicadeza y en las grandes pantallas de plasma se proyectaban paisajes oscuros. Era más bien, según la descripción minimalista del nombre, un lounge. Amplios espacios con música ambiental, quiteños fashion que salían de la plaza del momento, aperitivos ridículamente costos, y matices metálicos. Sobre el escenario que se iluminaba con láser verde y azul, un hombre, una mujer y una computadora creaban los sonidos ambientales.

Cuando me senté, vi que en la mesa se tallaba un sofisticado hueco cuadrado. Tenía cuatro secciones, cada una llena un algún tipo de semillas. Un vidrio cubría el conjunto. Sobre la sección ocupada por granos de café encontré una serie de adornos metálicos y de líneas simples. Entre ellos estaba este pequeño cilindro plateado. Parecía lápiz labial. Entonces, girando su base, intenté abrir el artefacto metálico sin ningún éxito. Me cansé y ordené filete acompañado de ese vino argentino que tanto me gustaba. Conversé un rato y llegó el aperitivo. Después llegó mi filete y mi vino. Todos comimos. Fue cuando pensé cuánto me disgustaba la carne por los residuos que deja entre los dientes. Su sabor siempre es digno de excelentes vinos, pero también de la trabajosa limpieza dental. Tendría una larga noche y entre los dientes, molestosos hilillos de solomillo al jerez.

Todavía no descubro si fue una reacción instintiva, un recuerdo de infancia o simplemente curiosidad. El caso es que, cuando me di cuenta, tenía, en una mano, el supuesto lápiz labial ya destapado, y en la otra, un palillo rojo que limpiaba ávidamente mis dientes.

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Palillos empacados (1)

Al Sr. D. J, que me mostró lo que nunca había visto.

Acaso sea cierto, pero ayer en un bar escuché a alguien decir que los viejos recuerdan todo porque se dedican a repetir sus cuentos. Oí también que algunos afortunados tienen tantos que difícilmente repiten alguno. Otros solo cuentan una única leyenda que redunda.

Cuando chico, oía a los adultos hablar de gloriosos pasados. Hablaban del segundo Himno más hermoso del Mundo, del victorioso tórax de un patriota. Pero por algo, con una suerte de sarcasmo pueril e inconsciente, me creaba una idea muy distinta de estas regiones. Dormido, como estaba, en la incongruente niñez del pequebús quiteño, al menos durante un tiempo pude distanciarme de todo este nazionalismo.

La gente veía llapingachos donde los palillos de dientes labrados en madera eran lo más evidente. No por su agudeza, sino por sus sonidos chullescos. Y luego, las fanescas familiares. Básicamente, mesas plagadas de sopas y pescados pestilentes. Pero la botella de Coca-Cola y las «masitas» sobresalían sobre los doce-discípulos-leguminosas que se bañaban en caldo de abuela. Eso sí, el mejor caldo de toda la ciudad –el de mi abuela, no de la tuya–. Después, los viejos comían con los viejos y los guambras con los guambras. Desde arriba resbalaban pasillos y gruesas carcajadas. Abajo, en la mesa reservada para primos y alguna tía joven, hablaban de la Britney, de Beverly Hills nueve–cero–etc., de astrologías baratas. Todos comían fanesca y tomaban cola. Y aunque a veces decía algo, me limitaba a escuchar y a comer. Luego todos se iban. La casa de mi abuela quedaba vacía, con inercia contenida.

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jueves, 21 de febrero de 2008

Crónicas sobre la ciudad de Quito y su aproximación con la muerte

Por: José Luis Castro.


Voy a ser franco. Cuando me toque a mí, superó mis expectativas. La película prevalece por sobre el círculo vicioso del cine ecuatoriano, que ciertamente es bastante pobre (no hablo solamente del ámbito económico). En medio de la ya hastiada tragedia social, Arregui consigue enfocar un tema universal y por demás interesante: la muerte. No del nauseabundo modo thrilleresco-policíaco. Sino enfocándose más en la creación de ambientes desesperanzadores, trabajando a los personajes para que se ajusten a una estética oscura, de cierta forma extrañamente bella. En medio del denso ambiente en el que en general transcurre el filme y con una exquisitez increíble, se introducen extractos de sutil humor negro. Realmente, ese trabajo me parece, particularmente, descomunal. La brecha entre la muerte, asesinatos en masa , enfermedades , locura, drogadicción , violación , religión , sexualidad, política… y el humor, al menos en la esfera artística es de lo más reducida. Y sin un nivel intelectual adecuado, las sátiras se podrían convertir en burlas inclementes, e incluso podrían considerarse vulgares. En lo pertinente al nivel actoral, los méritos se los lleva Arturo, el doctor. Justamente por la sutileza, casi Wildeana con la que maneja el denso ambiente, que los demás actores crean sobre él. Esa actitud pasiva, esa indiferencia, la habitualidad y cotidianidad inusitada en el carácter de Arturo, es meritoria. Sin embargo, ciertos actores, en concreto, la madre del niño atropellado (repulsivamente fatal actriz), estropean los ambientes que no solamente logran crear los buenos actores, sino también los musicalizadores (contra los cuales mi único reclamo va dirigido al tema final, y por ende al principal; que estruendosa y desesperante suena la voz de ese tal Vicentico, lástima por el final, si no pudieron encontrar música de mejor calidad, al menos debieron poner algo un tanto más afinado), directores de fotografía, directores artísticos, etc. Debo mencionar, igualmente, la existencia de estereotipos, que aún no logran romperse. Entre algunos las quejas y lamentos sobre la situación política de nuestra demacrada (lo digo con sarcasmo) nación. Es un lugar común, los personajes se quejan de los gobernantes y olvidan sus verdaderos roles. Seguramente, en el cine ecuatoriano, hay más clamores que en el IESS, y eso es alarmante. Estereotipos… del pobre, del pobre trabajador, del pobre vago, del pobre borracho, del pobre que busca trabajo, del pobre recién llegado a la ciudad, del pobre ladrón, del pobre maricón... No obstante, se pueden encontrar escenas magníficas: el despiadado Carlos apuñalando a su víctima por la espalda, en plena mañana, o la silueta de Arturo de madrugada hablando por teléfono con su madre, teniendo como fondo una esplendorosa ciudad de Quito iluminada, o la cámara prendida de la luz verde de una ambulancia que recorre la ciudad en media noche, o aún mejor tres sillas, un homosexual, su madre, su hermano, su padre, un pasillo desolado, el silencio. No se puede pedir más (asunto de planos de cámaras y de fotografía) a un escueto presupuesto, que apenas asciende a los noventa mil dólares. En fin, una película muy recomendable. Hace tiempo, no recuerdo cuanto, leí un artículo sobre cine ecuatoriano, titulaba menos bala y más risa. Periodísticamente, era una basura, pero el mensaje; dejar de abusar de los thrillers trágicos y dedicarse a la comedia, constituye una brillante idea. Cuando me toque a mí; pensé que lo mejor era ver otra cosa, o quedarse en casa, pero me di con la piedra en la cara. El cine ecuatoriano progresa, todavía no estamos a la altura del festival de Cannes, o de los Karlovy Vary, y mucho menos que del festival de Venecia, pero por algo se empieza y más vale que sea tarde que nunca, o al menos eso es lo que dicen…
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lunes, 18 de febrero de 2008

Assacando falsedades (3)

Para terminar con Rolando de una vez por todas, me gustaría hablar de tres elementos que cautivaron mi atención: Rolando, Eloise Godín y la unidad de los capítulos dentro de la novela.

Los dos primeros son, a mi entender, los personajes mejor logrados. El primero, cual Morga, sufre una mutación a pulso, muy dable. Esto me hace pensar que los quiteños tenemos una especial debilidad por la corrupción del hombre. Quién sabe. La segunda, y por la que tengo una debilidad
especial, parece construirse desde ábsides menos evidentes. Eloise Godín, la voluptuosa y perspicaz puta, se sostiene, como telaraña, del diálogo y sobre el «retrato del momento» del que Gombrowicz era tan aficionado. Así, sus gestos, su sigilo y su sensualidad son los que dibujan una mujer cautivante y de la que se quisiera saber más.

En cuanto a los capítulos, puedo notar que cada uno desarrolla un concepto diferente pero unificador. Así, me limitaré al capítulo titulado «A tientas», que puede interpretarse como un nacimiento. El nacimiento al mundo de un Rolando indefenso y desorientado. Llega, guiado por el inhóspito bosque, a una madriguera igual de inhóspita y percibida como un útero hostil. Luego, y durante la madrugada, un tropel de pensamientos fluye hasta su mente, tan abultados que le provocan suicidio. Pero en una suerte de mayéutica socrática entiende que no se pertenece. Se debe a la justicia: ella es la única dueña de su vida. Decide, por mojigata justicia, vengar la muerte de sus amigos y de su hijo. «Y finalmente se enfrenta, erguido, a la luz de la mañana». Camina a tientas, precisamente, por el mundo que se abre para él verdadero. No el ideal mundo que soñó. Y poco a poco «abre sus ojos de ciego, de bebé» hasta que, casi como nosotros al crecer, con Madmoiselle Satán los abre por completo. Y así Páez, con cada capítulo, logra una novela, si bien un poco tortuosa, asombrosamente articulada.
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Assacando falsedades (2)

La prosa que Páez maneja en Rolando es escarpada y meticulosa. El ritmo de sus descripciones y narraciones resulta, hasta cierto punto, latoso. Sus diálogos, en cambio, me parecieron bien logrados. Asimismo la unidad que logra con ciertos conceptos y ciertos personajes.

Ya desde la primera línea, que se presenta admonitoria, podemos darnos cuenta del ritmo y del lenguaje que manejará la novela: obscuros. En ciertos casos, como el episodio del capítulo tercero que describe la hacienda de Rolando Galassi [p. 39], las descripciones se convierten en fatuas líneas que se suceden y se suceden sin sentido. La escarpada pendiente que constituye su prosa no devuelve más que ampollas y dolores musculares. El esfuerzo de adaptar nuestro español a uno roto sintácticamente, a diferencia de lo que pasa con Carpentier, en, por ejemplo Oficio de Tinieblas, se paga con un hastío lingüístico que adultera el placer literario. El sabor de boca que deja Carpentier es uno minucioso, de totalidad. Deja una textura satisfactoria, que regresa y, como el difícil néctar de un avispero, rememora sabores deliciosos. Pero no deleznables, grumosos, como pasa con Páez. Aún así, la meticulosidad de Don Santiago en varios pasajes de su obra, como el incendio de la casa de Galassi [cap. VII], presentan obstáculos cuya solución puede resultar gustosa.

Esta novela está llena de paradojas. Es precisamente antes del molesto episodio de la hacienda de Galassi cuando el escritor demuestra una gran habilidad en el manejo de la actitud dramática. No solo logra un diálogo completamente verosímil, sino también un interesante juego de personajes y conceptos que impresiona. Me refiero a la ecléctica conversación que mantienen Sturman y Thomas acerca de las pequeñas piezas de un reloj (cada cual tiene un sitio y función precisa, como en un cuento) y Alfaro (acaso la mano que da cuerda al reloj liberal), la fiesta del corpus y los desagradables conservadores.
Asimismo, las conversaciones que el metamorfoseado Rolando mantiene, en calidad de «ciego» chismoso con los transitorios pobladores de las Plazas de Quito, asimilan tanto el discurso de la novela cuanto el discurrir quiteño. En cierto punto lejano, los personajes, o más bien el espacio de ese Quito arremolinado y turbio, algo tienen del Santiago de Oficio de Tinieblas y la anónima ciudad de El derecho de asilo. A lo mejor esta construcción obscura del espacio por medio de ambiguos personajes sea lo que me remitió a Carpentier (la sociedad de Santiago, las multitudes quiteñas, las carpenterianas, las mujeres voluptuosas: todos azorados por su espacio). En fin, ambos parecen cuajar en sus textos la idiosincrasia de las sociedades que los vieron nacer y solo a uno, todavía, morir.

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domingo, 17 de febrero de 2008

Crónicas del Breve Reino (Aquilino)



Ha llegado el turno de criticar la obra de Paez, en este caso Aquilino, el mismo inicio que de la anterior novela me desanimó a continuar, pues seré franco no acabe de leerla; el inicio de ésta igual que la anterior supone un país y un viaje en Europa (al parecer una concepción de intelectualismo europeo por parte del autor), y la forma de escribir de Paez que no me convenció en el anterior hizo que el desanimo sea mayor. Creo no ser el único que no ha estado conforme con éste libro, pero no es que pueda elegir que leer (Y como pude leer en otro lado el juzgar esta obra como mala por inventar un país sin mucho fundamento es malo pues la idea plantea una novela historica sin una visión nacionalista, pero de todos modos, yo si la he de juzgar así, pues yo hubiera escrito así) cosa que implica además que no tengo otra opción que esto y me siento frustrado al tener que escribir estas líneas sin haber leído esta parte del libro, preferiría utilizar éste espacio para escribir otra cosa relacionada con la clase, pero ya utilicé esa posibilidad en Nace y Muere Rosa. Hasta lo que leí y pues por obvias razones desde el inicio se plantea que la novela tiene un tinte policíaco, donde se realiza la búsqueda de la nueva capital del país imaginario, Ecuador. Personalmente no hubiera hecho esta obra relacionada con la primera, pues son estilos diferentes, y tiempos diferentes. Y Cosmo un personaje complejisimo que no envejece sino que sigue ahí en casi 60 años de distancia, que es lo que hay entre las dos crónicas, eso no me ha gustado del todo. Los pies de página, son otro dolor de cabeza tal y como lo dije en la anterior crónica, hay cosas que son innecesarias y que entorpecen la lectura, y otras que si necesitarían un pié de página bien puesto. Es cuanto puedo decir en honor a la verdad, es decir a lo que leí
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