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sábado, 10 de enero de 2009

Punto


La calle habría permanecido tan silenciosa y lúgubre de no haber sido por el tílburi capotado, de momento, de los Obando. Había causado tal sensación en su llegada a la ciudad que no había persona alguna que no se haya apropincuado a sentir como suyo dicho ingenioso y admirable vehículo. ¡Y es que no era para menos!, una de estas actualísimas máquinas recorriendo la ciudad no era sino una gran sensación. Además, era tan fortuito ver una de estas en la ciudad que , cuando se veía pasar una, se daba casi por sentado que se trataba del tílburi de los Obando. Debido a esto siempre fueron envidiados por la gran mayoría de la ciudad recibiendo mellas, raspones, rajaduras o piedras por la ventana. Los Obando ya estaban acostumbrados. De regreso a lo que nos compete, en tal noche nublada, irrumpía el tílburi como la mejor de las tijeras del alfataye de la ciudad cortando cientos de telas al hilo, o como un afilado cuchillo del carnicero sobre la res. Lo sorprendente es que esa noche nadie percató que el vehículo cruzaba las calles y a pesar del apesadumbrado sonido de las ruedas, éste era casi tácito.

Eugenio había salido con Gangotena, su humilde criado, a una de las típicas reuniones sabatinas a las que tenía por costumbre asistir. Las fiestas de sociedad en este lustro se han incrementado tanto que más conmoción causa una de estas que una misa de 20. De todos modos, aquel sábado habría sido tan normal para ambos como de costumbre en la alta sociedad salvo por el aciago accidente que se mencionará en los renglones finales. Fue una típica reunión; un cigarro cubano por hora, algo de hipocrecía, presunciones y falsa erudición habían sido la tónica de la reunión, sumado esto a un copioso, rimbombante, y exuberante, exquisito, desordenado -sí que lo fue- y lascivo bacanal, como solo en la antigua Roma podría haber ocurrido. Por otra parte, los criados también habían tenido lo suyo, una fiesta de primera aunque casi nada estilizada -en cuanto a qué fumar y de qué hablar, por lo demás había sido bastante mejor, lo advertía el rostro extasiado de todos y cada uno de ellos-. De todos modos, era algo digno de verse, o más bien de disfrutar participando.

La noche se había pasado en un santiamén; entre tertuliar, reir, abrazar y sentir; como un sencillo chasquido, o un beso de despedida. Gangotena sacó su reloj de bolsillo y sugirió salir en el acto, a lo que Eugenio accedió. Gonzálo había sido muy parco y algo distraído ese día, parecía no haber disfrutado de él y de su compañía esa noche. Sin embargo, los acompañó hasta la puerta y se despidió con un emotivo abrazo, y algo más íntimo, del acaudalado Obando. Mientras regresaba a la puerta gritó de espaldas a ellos una sentencia desarticulada. «Punto final, un punto final»- dijo, y posteriormente entró. Parecía haber conjeturado durante mucho tiempo la idea y haberla concluído en este pequeño falso aforismo, quizá guiado por un fatal presentimiento. Los dos no le entendieron y salieron casi despreocupados del asunto hacia el tílburi. El trecho era corto pero la noche apremiaba.

Luego, como un rayo de tormenta de octubre, un balazo cruzó la noche y se estampó... ( ¿Se estampo?... Más bien diría que estalló... sí, casi, así.) en su cráneo. A Gangotena le crujió el pecho, como al recibir un latigazo, y celeremente se apeó del vehículo, lo descapotó y se echo sobre el herido. La sangre le chorreaba, era como una pileta en auge, un ojo de agua, o una de estas modernas tuberías con una pequeña avería. La cara la tenía pintada, como si estuviese en un ritual; tanta sangre había que de solo abrir la boca se habría ahogado. Trato de hablar en su agonía conciliando fuerzas, uniendo letras, comprimiendo ideas. Suspiró, abrió los ojos, sintió mareo, volteó la cara, empezó a hablar "La vida... la vida no es...no es juego...punto. La vida..., en un... punto" y después inmediatamente murió.



Ahmed

Y con esto algo de distancia, echo un poco de tierra, deserto, reduzco a un punto.
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viernes, 5 de diciembre de 2008

El misterioso organista.


Cuenta la leyenda que desde febrero de 1904, ronda intrigantemente en la iglesia del pueblo, un ente desconocido que apostata a viva voz mientras toca el órgano. Dicen que solo aparece el veintinueve de febrero, y rara vez se lo ve por la nave principal; prefiere merodear el órgano haciéndolo vibrar misteriosamente. Los que lo han visto cuentan que camina por la iglesia durante varias horas seguidas: cabizbajo, en silencio y hasta desorientado. Siempre ha estado distante de la sacristía y más bien se ha apropincuado a la puerta, espantando a los feligreses. No se sabe de dónde salió, pero parece clamar justicia.

Lleva puesto siempre el mismo gabán basto y deshilado por el uso; aunque, de todos modos, imponente. Algunos fieles dicen que usa un corbatín y una camisa ocre-amarillenta. Su camisa, afirman, le da cierto aire (y más que un aire, un vaho) de mafioso, hostilidad, arrogancia y muerte. Mientras los hombres perciben el hedor de azufre, gangrena, sangre coagulada y amoniaco; las mujeres encienden su sexo, se embelezan y se excitan. Nunca, nadie, jamás se ha acercado a conversar con él (ni las mujeres), mucho menos se atreven a mirarlo de frente.

Los sacerdotes le dan entre cuarenta y cincuenta años y asumen que es un poco parco. Algunos creen que se trata de un demonio, una alma en pena, o sino, algún sacerdote fallecido. En el clero, la creencia más aceptada es que se trata de Pedro Poma (compositor de varias piezas para órgano con letras pasionales), un cura que murió mientras dejaba los hábitos en el convento de las carmelitas, en el lecho de Sor María Josefina.

María Josefina, la monja, fue una mujer de Dios, siempre decente y decorosa. Dedicada desde la niñez a la Santa Iglesia, y entregada a la costura, fue por muchos años, la encargada de confeccionar los trajes de todos los miembros de la iglesia. Murió de paro cardiaco en la misa de la aurora de 1900, celebrada el 29 de Febrero.

Desde su aparición, la del fantasma, en el pueblo mueren 4 personas en cada año bisiesto: dos mujeres y dos sacerdotes. Los curas al entregar los hábitos en el convento de las carmelitas y las mujeres, de camino a casa después de salir de la misa de la aurora.

Cada 29 de febrero el órgano suena imponente y misterioso, mueren cuatro inocentes, aparece una camisa ocre - amarillenta sobre el altar principal y una balanza atada al cinto de un santo.

Nadie se queda llegada la noche. Quizá por respeto...O por miedo.
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jueves, 20 de noviembre de 2008

«No es que estemos locos»

Una noche cierto loco decidió subir descalzo al tejado de una casa y quitarse los pantalones. Los botó al aire y vio una ciudad inmensa y desconocida. Las calles por las que deambulaba se habían perdido. Las voces también. Sospechó que alguien lo veía, pero no estaba seguro.

Primero logró distinguir un edificio del gobierno, viejo y pesado, iluminado con calígine. Intentó pararse de puntillas para observarlo mejor, pero se resbaló sobre unas filudas tejas. Su pierna derecha sangró un poco. Con la mano se limpió; olió su sangre. Se lamió con la lengua y pensó que nadie lo miraba; pero ahora, en cambio, no cabía duda.

Al cabo de un rato sintió que la camisa le pesaba. Safó cada botón sabiendo que era solo otro trozo de plástico. Esa noche desbarató doce ojales y una corbata, saboreando el contacto de la piel con el algodón y la seda. Cogió la camisa por el cuello y la dejó caer. Estuvo escuchando con atención cómo la tela surcaba paredes y quicios, hasta que otro sonido lo amortiguó todo. Era imponente y caótico: le hacía temblar el pecho y creer en la muerte. Probó gritar algo, pero todo contorno había sido sumergido. Cerró los ojos con fuerza y solo entonces logró encontrar aquel ritmo que pronto perdería sus límites y formaría una sola masa duradera, llena de metal y de voces. Luego, por un efímero momento, dejaría que sus sonidos se perfilaran nuevamente. Esa noche, cuando el cuarto ciclo se repitió, el loco dejó de cuantificar lo invisible y se desvistió del todo. Respiró profundamente, y notó que el aire sabía distinto.

Olfateó el calor de la carne frita, la lobreguez del caldo de pollo y lo azucarado del pan. Supo que la gente comía y defecaba. También supo que habían dejado de contar las campanadas hace mucho. A lo lejos pudo escuchar gritos y creyó entender las conversaciones que subían por las chimeneas. Vio su cuerpo árido y deseó utilizarlo en una mujer. Luego creyó que alguien lo veía, pero todo era producto del frío y del hambre. Sin dubitar, decidió levantar las manos y separar con cuidado las piernas. Permitió que el aire y el agua lo influyan y pudo, por algún desconocido albur, reconocer la casa en la que nació y las calles de su peregrinaje eterno.

En ese ámbito humano, gobernado por luces y ruidos, el loco rebuscó con fuerza entre sus entrañas de Hombre. Después de un rato asentó el cuerpo y, dueño de sí, dijo con voz tranquila:

«No es que seamos locos. La cosa es que estamos podridos».
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martes, 11 de noviembre de 2008

Liquidación

Desperté. Me encontraba, como de costumbre, con aquella pereza crepuscular, en la que no hay nada mejor que volver al sueño natural; además entusiasmado por haber yacido, una vez más, junto a la barragana de la que me he hecho amigo y amante. Ella sabe complacer mis necesidades de hombre y que, sumado a su ninfomanía, hacen que las noches sean una interminable orgía. De todos modos, sabía, sin embargo, que esa mañana no debía ser como las demás. Sabía que tenía que liquidar a alguien importante, alguien que me haga trascender en la historia. No lo sé, la liquidación de Guamán se ha convertido en un hito dentro de este negocio, y de no lograr complacer al patrón el liquidado seré yo.

Con su partida, la de Guamán, las cosas son claras: o haces las cosas que el patrón quiere o simplemente te dan de baja. Efectivamente el patrón solo quería resultados visibles; eso sí, lo de Guamán dejo muy en claro que las cosas organizadas fructifican. De hecho, gracias al nuevo patrón, las leyes internas se invirtieron, "El despido intempestivo no se realizará salvo por la muerte de dicha persona" y "los nuevos cargos variarán dependiendo de la jerarquía de la liquidación". ¡Definitivamente un cambio!. Por otra parte, Guamán se había logrado la animadversión de todos los demás de la empresa, siempre mostraba una arrogancia petulante que, conjugada con su posición económica, hizo de él un blanco certero, directo y obvio para escalar en el rango de este negocio.

Esa mañana fue como cualquiera: indispuesto, enfadado y únicamente con ánimos de asesinar a alguien. No escapaba de la realidad, pero sentía que ese debía ser un día grande, un día para el recuerdo; así lo ejecuté. Salí luego de que Juana me sirviera el desayuno, no debió ser más allá de las ocho de la mañana. Vestí como de costumbre y me subí en mi automóvil con ganas de trabajar. No ví ningún cliente por las calles, al menos ninguno similar al de las fotografías, parecía un día destinado al fracaso. Paradójicamente todo cambió cuando vi al patrón. Solo y sin guardia caminaba por la calle, parecía esperar a alguien. Ese era el momento preciso para atacar, ventajosamente había una motocicleta con llave que me ayudaría en el acto. Quizá se trataba de una decisión apresurada pues en caso de fallar tendría graves peligros consiguientes y si lo conseguía debía tener una prueba contundente de haberlo hecho. De todos modos, me arriesgué.

Tenía bajo el asiento un frasquillo de gasolina. Lo esparcí entre los asientos y por debajo de los pedales. Mientras bajaba la ventana sigilosamente, desabroché el cinturón y quité el seguro. Entonces aceleré, abrí la puerta y disparé tres balazos; fue mi oportunidad. ¿Para qué ir por simples clientes encargados si podría terminar con el patrón?, no lo pensé dos veces . Luego de la caída me incorporé y corrí hacia él. Estaba sin una sola gota de sangre, probó un trago de su medicina. Las armas incorporadas al auto tenían ciertas cualidades que ni yo las conocía; sin embargo de los tres balazos solo dos fueron letales, el trabajo había terminado. Tomé su pistola, que sería la prueba contundente de mi hazaña, y de manera sagaz y rutilante tomé la motocicleta, lo incorporé y aceleré sin siquiera mirar atrás, no me detuve hasta salir de la ciudad. Luego, en campo abierto, lo lancé al suelo saqué la gasolina de la motocicleta y procedí, ¡Efectivamente! ¡Lo estaba liquidando! ¡Todo resultó un éxito!. Espere pacientemente mientras cada una de sus partes se consumía lenta, ardua y complacientemente, después de que casi amanecía caminé junto a mi nueva compañera y amiga, aquella insignificante motocicleta. Pagó caro el haberse metido con mi hermano, y eso nunca se lo perdoné. Ahora...¡El patrón soy yo!.

Séptimo relato de la recopilación post mórtem, hecha en su honor, "Asesino en serio"

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viernes, 16 de mayo de 2008

Descripción

La luminosidad era impactante, impresionante y destellante. La combinación de colores sobre el campo de visión plasmaba un color azucena en la mayor parte del espacio mientras que en otra parecía haber una linea bastante gruesa de un color un poco más obscura. De vez en cuando una mancha blanca que tenía forma como de triángulo con una punta entre dos de sus ángulos se movía velozmente en direcciones inciertas y sin precisión cual rata en una jaula y en ocasiones parecía presionar ciertos espacios en blanco donde a primera vista no había nada pero tras auto presionarse un rastro titilante de una línea vertical quedaba impresa sobre el espacio, algunas ocasiones formas inenarrables empezaban a perseguir incontroladamente a ésta línea vertical, y luego de un tiempo, un descanso. Por la velocidad de estas formas extravagantes la línea parecía desaparecer y en el descanso las líneas eran quienes tomaban un respiro y la línea reaparecía fatigada por el vaivén. Cajas con colores salían cuando la figura triangular llegaba a ciertas esquinas, llenas de cuadros y dibujos no hacían nada, solo estaban dentro de la caja grande y esperaban que aquella extraña figura se posara sobre ellos para desaparecer de una manera aun más extraña. Pocas veces y sin problema se podía salir de esas cajas sin tener inconvenientes, la mayor parte de veces era cuando aquel triángulo llegaba a la parte más baja de la caja y de manera misteriosa se cerraban para volver a la larga planicie azucena para la eterna persecución entre las figuras y aquel extraño triángulo.

La única forma de salir de ésta cárcel parecía ser cuando la figura triangular lograba acercarse a la parte más extrema del espacio donde parecía haber una mancha roja con una cruz blanca en el centro, parecía un auto suicidio pues tenía que presionarse para que en su último aliento aparezca una nueva caja que parecía tener una leyenda imposible de entender. Ya fatigada aquella figura triangular debía llegar hacia una de esas y jugarse la suerte para terminar o no con aquella persecución. Generalmente sí, la figura vencía y terminaba con aquel juego que se aprovechaba de el, ahora las figuras inenarrables se veían diezmadas por esta extraña figura que había de sacrificarse para cumplir con el juego, así como las abejas lo hacen para defenderse parecía que el triángulo lo debía hacer también.
Cuando la auto presión estaba concluida la caja se cerraba y aquel gigante recuadro blanco desaparecía y salía a una realidad aún más complicada para la figura, ahora se enfrentaba con una línea aún más gruesa que la primera en la parte inferior del recuadro donde habían esas figuras inenarrables. Donde antes era blanco ahora hay millones de dibujos con esas mismas figuras que parecían perseguirla. El triángulo cumplió con su primera batalla. Lo demás ya no nos concierne.
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jueves, 27 de marzo de 2008

Arresto de Rigor (2)

Esperé inocente la llegada de mi progenitor pero nadie dirigía sus tiernos ojos hacia mí, nadie me señalaba con una sonrisa, nadie acompañaba mis llantos. Eso me irritaba terriblemente, tal vez porque pude sentir por primera vez lo que significa la soledad: vivir en un oscuro túnel vertical del cual sigo siendo esclavo hasta este preciso fragmento de mi existencia. Poco a poco esas cálidas miradas perdidas sufrían una suerte de metamorfosis y para mí no eran más que lánguidos repasos enemigos.

Una espera interminable, la historia sin fin, en la que el tiempo es cíclico, todo cambia y fluye al tiempo en que me arrastra miserablemente con él.

Vano, considero, ahondar los detalles de la historia que confluyó en mi llegada a este manicomio encantado. Provechoso considero decir que la luz del sol repentinamente ha desaparecido entre memoria y memoria. Una vez más el camino se devora a sí mismo haciendo que los días transcurran uno tras otro sin sentido alguno. Ya no es más verano, ya no hace más calor, ya no hay más libertad y yo soy muy infeliz. Lo único que ha cambiado es que hoy en día, no soy solamente esclavo de mi libertad, sino también de una celda vacía con una pequeña ventana, protegida por cinco rejas, que me permite ver el sol y a veces la luna. Además de un catre viejo y apestoso, un rincón maloliente, un plato de comida (si es que se puede llamar así a las mazmorras que sirven en este cuchitril) solo existe un lúgubre calabozo y la misma ventana que ya no desprende mas luz, en el espacio al que he sido confinado. La desgracia me ha consumido, el azar ha jugado sus cartas y me ha confiado una horrible pasantía de por vida en este fragmento entrópico poco confortable, la inesperada noche de luna llena me asesina de modo inmisericorde, pero en contrapunto de una manera tan sutil y sublime que paradójicamente representa mi único consuelo; dormir y jamás despertar, soñar con miles de estrellas que en absoluto podré divisar nunca. Conformarme con mi destino y olvidar mis penas, como si me fuese posible olvidar.

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Arresto de Rigor (1)

“El arresto consiste en la privación de libertad del sancionado y su internamiento en un establecimiento disciplinario militar durante el tiempo impuesto por el superior”
(Art. 15)

Lo único que recuerdo es que tuve la oportunidad de mirar el sol, y me alegre, y reí y llore. Juro en los presentes instantes que en aquellos pasados momentos casi recordé mis épocas de feto placentario y mis ansias enfermizas de salir de aquel encierro, el mismo al que ahora me encuentro condenado.

Cuando mis retinas divisaron por primera vez al astro mayor, cuando el niño se desprendía de las entrañas de una mujer. Lágrimas saladas se descosían de mis ojos. Sí saladas. Pero esta vez ya no gritaba ni observaba lo que ocurría desde el inmóvil plano de todos los mortales, recuerdo claramente los plácidos deseos de aquel niño, yo era esa criatura, desafiaba fatuamente la inmutable ley de la gravedad. Los colores de la habitación de aquel hospital, en contraste con la vida solitaria que había llevado durante nueve meses, me produjeron un furioso éxtasis que sería el tiempo el encargado en borrar. Recuerdo que mi libertad era lo único que me pertenecía. Llegue al mundo un día de ardiente sol de verano, casi a medio día. Vuelvo a ser el que fui y miles de imágenes retornan a mi mente: pasillos, cuartos vacíos, puertas impenetrables, interjecciones ociosas, auténticos páramos urbanos.

Observaba miles de personas vestidas generalmente de blanco que desesperadamente intentaban encontrar el centro o tal vez la salida de aquel laberinto vestido de seda o tal vez, buscaban también, un mítico encuentro con el minotauro. Medicinas, inyecciones, olores desabridos, pasos apresurados, almas sin control, vivos que han muerto. Odiaba los gritos de aquellos muérganos que me acompañaban pero odiaba más a sus padres, porque me recordaron que yo nunca tuve unos.

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viernes, 8 de febrero de 2008

Concierto

Qué agobiante ser paulatino, hacer las cosas como medidas, demasiado pensadas, evitando todo, errores desastrosos e increíbles aciertos, evitando el agobio, que por intentar evitarlo termina llegando sin que nos demos cuenta, y por eso, llega con más fuerza. Qué cansado esperar para que lo que debe suceder suceda, y que por esperar no termina por suceder nunca, o sucede como nunca hubiéramos querido; qué cansado tener que detenerse en lo paulatino para que las palabras dejen de ser ideas y pasen a ser oídas, casi reales. Qué perturbador decir lo que no se quiere o que se preferiría no decir nunca. Palabras que no parecen pronunciadas por nosotros ni por nadie, solo ajenas palabras de las que no nos arrepentimos pero que con cierta continuidad y docilidad recordamos, tal vez mientras nos encontramos a nosotros mismos haciendo cosas que preferiríamos no hacer.

Llegar antes para acertar con un puesto conveniente sin saber que las puertas están todavía cerradas y que unos desconocidos esperan como nosotros a que las abran. Sonreírles, saludarles, escuchar sus palabras involuntariamente, hacer amago de que entendemos lo que quieren o no decir, pretender conocer a todos solo para no tener que soportar la soledad de un teatro todavía cerrado, cuando sabemos que difícilmente los hemos visto y que más difícilmente los volveremos a ver. Seguir así, parados o entumecidos durante el anónimo tiempo que el portero considere adecuado, para luego despedir la cansina tertulia con ademanes instantáneamente olvidados, y continuar esperando (o haciendo nada que es lo mismo pero manso), o recordando sin aparente voluntad palabras nunca dichas por nadie. Palabras ajenas, mezcladas con gestos indulgentes e incómodos, calculados para evitar el error. Y luego calcular las palabras que decimos y los movimientos que hacemos, aunque después los olvidemos para siempre o tan solo los recordemos al encontrar entre una pequeña multitud a quien debía acompañarnos, sentarse a nuestro lado y atender, como nosotros, solo el escenario, los sonidos y los gestos tan medidos, practicados para evitar el error pero no ningún acierto. Encontrarla riendo, saludando, escuchando palabras involuntariamente, pretendiendo entender o conocer a todos. Dejarla parada y entumecida al lado de alguien que acaso está agobiado o precariamente interesado, hasta que nosotros consideremos prudente, sin saber que no son desconocidos, o al menos no uno, y que ella no despedirá esa tertulia que debió comenzar en la tarde y que no era tertulia, con ademanes que al instante se olvidarán, pero que sí se recordarán sobre los asientos, notando, no como nosotros, a quien ocupa el conveniente puesto desde donde no se calcula. Y pensar en sus palabras nunca calculadas.

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sábado, 2 de febrero de 2008

Pax et Libertas


...Sin Hambre, sin esclavos, sin dueños, pero antes que todo sin mccartneistas...
Hoy estoy exiliado, mis propios hermanos me han fallado, la cárcel es fría, soy tratado como un disquista cualquiera, pero la vida continua y como diría nuestro líder debo dejarla ser. No veo la hora de salir y observar como quedó el fuerte tras la traición de la Floystroiska y ver como otro ladrillo en la pared es destruido por esos sucios mccartneistas; hemos sido traicionados, pero aun seguimos con vida. Aquí estoy desconectado de todo, sé algo de que pocos lennonista siguen luchando en pie, en una isla pequeña, el foco de resistencia que jamás perecerá. El submarino amarillo de nuestro líder los mantiene con comida, pese a la repugnante y asquerosa arremetida mccartneista, aunque sería más repugnante aún si la Floystroiska intenta hacer algo ahí, eso sería mas sucio aun, claro, como nos ven divididos y diezmados piensas que todo será para ellos ¡pero no lo permitiremos!, piensan que nos tienen ya desaparecidos pero aun por lo menos yo estoy aquí, viviendo como un disquero cualquiera que necesita ¡ayuda, necesito cualquier ayuda! pero sigo tan solo como antes, y cada vez creo más en que el nuestro fin se acerca, pero algún momento nuestra fuerza despertará y quien caerá será mccartney y los suyos, mantengamos nuestra fuerza compañeros, solo creamos en él. Lennonismo, patria o muerte

Por: Ahmed Deidán
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sábado, 19 de enero de 2008

La Máscara de Oro

El seductor argumento de la siguiente historia me lo relató mi gran amigo Bepo. De eso ya cincuenta largos años. Espero que ahora no se avergüence de esta tímida ejecución.


Aquella tarde, yo vestía de negro y reclamaba aún la ausencia de mi padre. Hace tres horas que su fresco cuerpo residía bajo tierra.
Estaba en el departamento. Recostado en mi sofá. Veía uno de esos tontos programas de farándula. - Odio los comerciales - pensé, así que decidí levantarme para reacomodar mi apartamento. De repente, escuché el sonido molesto del timbre. Me acerqué a la puerta cuidadosamente, vi que tras de ella se hallaba un mendigo. No le presté atención y me alejé hacia la cocina fingiendo mi ausencia. Fue inútil, pues el timbre no me dejaba tranquilo. Corrí hacia la puerta y sentí un deseo fortísimo de platicar con aquel extraño. El mendigo, para ser sincero, me recordaba a mi padre. Sus fisonomías eran insólitamente idénticas.
Así que abrí la puerta. Era un hombre de baja estatura, tenía los pómulos de un color particularmente rojo. Lo que fascinó mi atención fue una gran argolla dorada que atravesaba su nariz. De pronto observé un gran orificio en el lóbulo de su oreja izquierda, el agujero lo rellenaba una piedra de esmeraldas. Caí en cuenta de que el agujero y la esmeralda se duplicaban del otro lado.
Recordé que tenía pan y ciertos restos del almuerzo que pensé no le caerían nada mal, a aquel misterioso tipo.
Durante la cena cruzamos una que otra palabra, que el tiempo se ha encargado de borrar. Al fin dijo: -Hace tiempo que ando de vago, recibiendo favores de extraños, he recorrido ya todo el territorio-. Empezó a llover.
Entonces se despojó de sus andrajosas vestiduras y al hacerlo advertí que llevaba un camisón que parecía labrado en pan de oro. Al tiempo se le cayeron ciertas platerías metálicas. Me ordenó que las levantase.
– ¿Por qué he de obedecerte? - dije.
– Por que soy un rey - contestó.
Una risa sarcástica se me escapó, creí que aquel tipo debía estar loco.
– Soy el rey de Mogoya (mi padre también me hablaba de Mogoya; hoy en día la gente conoce a esa región con el nombre de Manabí) y pertenezco a la estirpe del sol – objetó.
– Pues yo no creo en el sol – contesté.
Repentinamente obtuvo de sus brillantes vestimentas una máscara dorada, una pieza que simulaba al astro rey, de una hermosura desbordante, sus rayos estaban estilizados como zigzagueantes serpientes cuyas cabezas se parecían a las de los hombres. En la parte central dos ojales y bajo esta una extraña figura, en forma de halcón, espléndidamente trazada.
- Este es el Chunucare sagrado - me dijo. – no existe en el mundo pieza igual a esta – agregó.
- ¿Puedo tocarla? - repliqué.
Entonces la mascará de oro se acercó lentamente hacia mí, sentí con mis manos una forma fría y al abrir mis ojos vi una luz interminable. Luego de unos instantes me vi cubierto de un chaleco de oro, era el mismo que llevaba el mendigo, pendientes del color de la esmeralda adornaban mis orejas. Tenía una corte real a mi servicio, y a un reino entero para satisfacer mis apetitos. Estaba rodeado de miles de mujeres exuberantes, todas eran mías. Entonces la máscara se retiró de mi rostro.
- Mientras esté en mis manos el Chunucare de oro seré rey - dijo aquel vagabundo al que hoy tanto aborrezco.
En aquel momento sentí una ambición incontrolable sobre la posesión de esa increíble pieza y de convertirme en rey. Así que me acerqué a la alacena. Me armé con el cuchillo más afilado y lo sorprendí por las espaldas. Sin más, le hundí esa navaja varias veces en sus entrañas. El vagabundo cayó enseguida así mismo lo hizo la máscara de oro, señalé aquel lugar y me apresuré en deshacerme del cadáver. Regresé por mi ansiada pieza, pero ya no estaba. Había desaparecido. No la encontré. Hace tiempo que sigo buscándola.
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jueves, 29 de noviembre de 2007

La captura.




Los sucesores narrados a continuación fueron encontrados,
por las gentilezas del azar, en el texto “El camino del Sol, Historia del Ecuador”, Tomo I.



Atado de manos y pies me tenían, eran dos los que me custodiaban.
De pronto, el de mentón hirsuto se dirigió hacia mí. Con su mano derecha desenvainaba su espada, su cruenta espada. Se acercaba lentamente, paso a paso. Crujían sus vestidos.
Pensé que la libertad clamaba por mí, hasta que advertí que el otro se aprestaba ávidamente a secuestrar mis espaldas, estaba equivocado. De repente aparecieron otros dos blancos que sellaban la salida del templo, pensé en escapar pero eran más fuertes las manos que sostenían de mí, todo resultaba inútil así que desistí de aquel forzoso intento.
Francisco, aceleró su andar. Una carcajada mordaz y abominable emanó el extranjero, sus labios se movían rápidamente, pero yo no escuchaba ni una sola palabra. Su espada de pronto nació sin contemplaciones ante mi vista, decidí cerrar mis ojos, no soportaba el centellante destello que agravaba desenfrenadamente ese momento, súbitamente despidió de su mano izquierda ciertos retazos de oro, y perlas, algunas me las disparó hacia el rostro. Escupió otras tantas de su boca. Clavó su espada en mis entrañas.
Frente a frente, con gran estupor pude ver sus grandes ojos, tenían el color del oro, de mi oro. En ellos alcancé a observar mi rostro bañado de lágrimas, de igual manera logré ver el fin de mi imperio, de mi gente, de una era. Vi sangre y devastación, vi catástrofes innumerables e innombrables, pude ver, al fin, una enorme cruz de plata que colgaba de su cuello. Entonces lo comprendí todo.


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domingo, 25 de noviembre de 2007

Rosa Marchita

El presente relato me fue referido por Jacobo, buen amigo mío aunque deficiente, según mi humilde criterio, en los quehaceres literarios. Sin más, el texto es suyo, profánenlo...



Rosa Marchita
Por: Jacobo G. Morelli







Pero esta noche...
Te abrazaría, créeme,
te besaría,te daría calor,
te adoraría. Haría
algo que es más difícil:
tratar de comprenderte.



José Hierro
(Fragmento del Remordimiento)





Es una mañana de aquellas como todas. Grises. El radio-despertador anuncia la llegada de un nuevo día de sorna, y la despedida de la quimera. Ella no recuerda exactamente los sucesos acaecidos durante la noche. Solamente sabe que fue una noche terrible. Espantosa. Aquellas noches que producen un ramalazo de cabeza demasiado fastidioso como para proponerse afrontar el día positivamente.Las excesivas cobijas todas las tiene su marido, él se las ha desposeído, ese desgraciado roncador empedernido. Cuatro años han hecho que sus ronquidos que son nada leves le parezcan a ella suaves caricias que la rozan dócilmente, se han transformado en los “te quiero” que nunca recibió, ni lo hará. Esos mismos cuatro años han desatado un drástico desgaste en la inestable relación con su marido.De cuando en cuando, abre sus ojos al tiempo que desase un suspiro, inútilmente intenta conciliar nuevamente el sueño. No lo logra. Incipientes muestras solares empiezan a aparecer por su ventana, ella lo ve. Ha decidido darse por vencida y sucumbir ante el anuncio de un nuevo día. No hay escapatoria. Se levanta gradualmente, respetando los rítmicos compases de gruñidos que a fortísimo volumen emite su marido. Se dirige hacia su peinadora y se cepilla el cabello, luego lo alborota nuevamente. No hay nada que aparentar, no se le antoja sentirse bella. No hay motivación alguna. Observa su demacrado rostro frente al espejo, odia sus arrugas pero hace tiempo ya, que no utiliza su crema rejuvenecedora. Ha perdido la fe.Ella siente que él despertó. Decide no hablarle. Huye lentamente hacia su cocina, la cocina es efectivamente suya. Es una de las pocas cosas de las que se siente dueña. Parece que lloverá, advierte ella con desdén. No tiene pensado salir, todos los menesteres ya los resolverá su marido. Decide prepararse una taza de café sin azúcar, -para agitar de alguna manera el alma- conjetura. Como si el café cargado ayudara en algo. Arranca un pedazo de pan rancio que encuentra en la alacena. Antes no le agradaba para nada ese pan de agua que su marido compra todos los días, pero el tiempo la ha familiarizado, no hay más remedio que la tolerancia. Cenas a solas, desplantes inusitados, fricciones continuas, noches terribles, contemplaciones eternas, el tiempo es el culpable.

Enciende la radio: Anuncian el invierno porteño. Ella gusta del tango. Empieza, lo escucha, lo disfruta, se deleita, es feliz. La cadenza del bandoneón se ve interrumpida por los intempestivos ruidos de la TV, se enfurece, otro motivo más para odiar a su marido. El no hace más que asesinar su felicidad, siente deseos furiosos de matarlo. Más bien es ella quien quiere morir. Apaga la radio.Ella continúa mordiendo el pan al tiempo que bebe con pequeños sorbos su café. Percibe unos pasos parsimoniosos en la recamara, seguro que él se dirige a la bañera. Ella no se equivoca, la ducha comienza a destilar unas cuantas gotas y segundos después el chorro hace eco hasta la cocina, hasta su cocina. Ella escucha una de esas canciones de Charly García que proviene de la ducha. Ella odia a Charly García. Él adora esas canciones y generalmente cuando se levanta de buen humor imita graciosamente al roquero, durante sus primeros seis meses de casados ella reía con sus imitaciones y sus interpretaciones, en seguida ingresaba en la ducha y se besaban apasionadamente a continuación hacían el amor, el reloj no existía, la pasión sí. Piensa detenidamente acerca de los motivos que la alentaron a casarse, piensa en sus hijos. No tiene hijos.El timbre suena y ella se acomoda como si algo muy importante le fuera a suceder, sabe muy bien que es tan solo el cartero. -¡Buenas!- replica el sujeto panzón vestido de azul con acento mexicano. Ella solo lo mira, e inmediatamente lo interroga como de costumbre acerca de las cuestiones que ocurren fuera de su apartamento, el cartero es de alguna manera muy ambigua su ventana al mundo. Luego de dos o tres minutos de plática aparentemente amena (para él) y de que ella recibe su correspondencia se despiden con un apretujón de manos. – ¡Hasta mañana!- dice el chilango. Ella tan solo lo ve desaparecer deprisa por los escalones. Revisa los tantos documentos que tiene en sus manos. No hay más que porquerías publicitarias, una multa por estacionamiento y… ¡Eureka! ICFER (Instituto clínico de fertilización) rotula el sobre, Destinatarios: Genaro Englemann y Sra., ¡Por fin ha llegado! Ojalá que la espera haya valido la pena piensa la mujer. Lo han intentado anteriormente tres veces, nunca ha funcionado. Ansía el resultado, se vuelve loca por ver lo que el sobre contiene en su interior. Busca una navaja, quiere darle una sorpresa a su marido, no la encuentra. Rompe el sobre desesperadamente con sus manos, desea profundamente que confirme sus sospechas. Quiere estar preñada. Anhela ser madre, cuanta alegría, cuanto júbilo, sus planes maternales obligatoriamente deben consumarse, si no fuera de esa manera entonces no tendría ningún sentido. Aún no ha leído el informe. Negativo, la única afirmación que obtiene son las confirmaciones de su esterilidad, de que morirá seca, la fertilidad le ha dado la espalda ella es infértil, nunca sentirá el abrazo de su hija ni escuchará las sonrisas pícaras de su hijo, todo eso ya es mentira. Siempre queda la adopción. Intenta convencerse, pero no lo logra. De alguna manera desea disimular su estupidez, debió haberlo previsto, pero no lo hizo. Se siente engañada, nada la consuela, él es el culpable.

Ella no quiere llorar, sin embargo unas lágrimas se escapan y se corren por sus mejillas, a ella nadie la acompaña. Decide dar un paseo por el living, detenidamente observa las fotos de su matrimonio, ella hermosa y las flores, él nervioso y los anillos, los padrinos, sus padres, la familia, los dos tomados de la mano frente al altar. Ya nada sirve en este instante.

Se dirige hacia la ventana quiere tomar un respiro, quiere recobrar la calma. -Pero que haces allí Rosa acaso te has desquiciado- vocifera Genaro con una gran dosis de exaltación.-Déjame sola Genaro- contesta ella. –Baja de allí inmediatamente mujer, no ves que una caída del noveno piso no lo aguanta nadie, baja de allí inmediatamente o te creeré más loca de lo que te siento-. Una fuerte ventisca le seca las lágrimas, - ¡Ahhhhh! su pie resbala accidentalmente de la cornisa, logra recuperarse y vuelve a ponerse de pie solo que esta vez con los brazos abiertos. Acariciando el aire. Abrazando a Dios. Los curiosos están atentos, algunos vecinos ya han dado aviso a la policía. –Mira el susto que me has dado, Rosa te lo advierto, no vale la pena, piénsalo bien- insiste Genaro. -ya nada de lo que digas me importa Genaro, sé que me engañas-, ella lo mira sin querer mirar. Genaro sabe lo que significa esa mirada, sabe que es imposible continuar con las mentiras, sabe que un te amo la salvaría, pero no lo dice. Contener las ganas de llorar y decir “te amo”… eso es cosa de mujeres, cavila él. La traición está a la orden del día. El despierta nuevamente y corre velozmente hacia la ventana es ya muy tarde, ella ya no está. Ya volverá piensa él. En su recorrido de la cornisa al asfalto Rosa fue madre, un balazo que salió justamente del segundo piso le atravesó la cien. -¡Te amo Rosa!- grité pavorosamente. Fue lo último que escuché ese día gris como todos, pero que de alguna manera se tiñó de rojo por mi culpa, era el marido el causante de la muerte de Rosa más no del disparo, fue su asesino quien lo hizo, fui Yo.
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Vil invierno, cruel muerte

Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.
A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.
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Pugnas de lo incierto


Un ambiente gélido va determinando mis quehaceres; ciertamente mi mirada no es la de antes. El frío y la soledad supervisan mis pasos, la ley sintetiza el insomnio y hace títere a este servidor. La impavidez gobierna mi esternón. Lo siento, no puedo hablar más alto, porque mi voz ha cambiado. La sonrisa mordaz y cálida se vio sustituida por la risa fingida y comprometida. Tu reflejo es falso. Tú ya no eres el mismo, desde que eso pasó.
No encuentro la aseveración necesaria, para que mis palabras provoquen aquel eco interminable, sin respuestas. Talvez un viaje a las regiones más antípodas y desagradables o agradables de mi existir, logren encontrar las afirmaciones y respuestas contundentes para aclarecer mi felicidad o mi desgracia, con un solo objetivo: un inventar intensionado de diversas posibilidades en donde tendré que hacer equilibrios entre el sueño y la vigilia, entre los más constantes contrarios, partícipes de mi voluntad, hasta encontrar un mediador sapiente, un modelador capaz de generar oportunidades. Un juez cuyo arbitraje determine mis pasiones y mis rencores. ¿Tiempo?, ¿acaso una opción, una elección, un veredicto, un candidato de entre miles para la elección concienzuda? Tiempo, cosa hermosa, útil y peligrosa. Para mi no significa nada, no hay posibilidad alguna de medirlo; excepto con los latidos de mi corazón, pero éste es muy desigual...


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Deceso Irracional

Tu memoria, inconciente, pero segura, aglutina en un arca de recuerdos, cada momento imborrable para llegar a la meta; sí, la meta, aquel destino desaforable que reluciente de engaños trata de engatuzarte por una decisión. Con ansias y brillos de esperanza, imploro que aquella arca de recuerdos sobreviva al tormentoso diluvio de circunstancias que me impiden continuar. Una vez más somos presas del destino, cauto e indescifrable, que jornada tras jornada se hace presente con el juego planeado a cada víctima. Cada día hace sucumbir tus más íntimos deseos, convirtiéndote en distracción de un azar sin límites, capaz de transformarte, vendarte, volverte impío a tus convicciones, ciego a tus sentimientos, miope a tus instintos.
Aún así, cada ser humano vive en cierto estado de seguridad y armonía. Pero existe gente que se enfrenta al mundo de manera hipócrita, irreal. Como tú, como yo. Envio en mi rescate, un mensaje detallado, una botella de colores, una canción de amor y nostalgia, fuente de redención, anacrónica, fatua, pero sincera y pura. Una mágica piedad que se alza al velo de la iluminada y ténue luz al final de este laberinto. El rescate ya ha sido enviado. La relación entre la primavera y las rosas, y los soliloquios de Shakespeare que impidieron que se «rebautice», son mis señales. Mi rescate busca un capataz: la solidaridad representada en un abrazo, la rosa protagonizada en un arrepentimiento, las congratulaciones transformadas en sonrisas y un beso, oh un beso, envuelto en amor.



AŋđŗΞ'Ş ζ¡$ŋΣřǿ§.


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