miércoles, 30 de abril de 2008

La cultura es la realidad (2)

Por: José Luis Castro

No por leer a Bukowski, alguien que vivió lo que escribía, voy a transformarme en un adorador del vino y de las putas, ni por leer Proust voy a enfermar de esquizofrenia, ni voy a adquirir su amanerado carácter, ni mucho menos, por leer a Perec voy a poseer mágicamente un amor por los gatos, a los cuales odio. Cuando finalizo la lectura de Lolita, y decido leer nuevamente algunos de sus capítulos, no lo hago por pedofilia. No soy un degenerado si es que me introduzco literariamente en la plataforma sexual de Houellebecq. Y no creo cometer un crimen si es que veo el cuerpo desnudo de Brigitte Bardot en El desprecio de Jean-Luc Godard. No entiendo por qué censuran películas como La última tentación de Cristo de Scorsese y transmiten libremente la bazofia de Gibson. El arte, al menos el bueno, se da el lujo de versar sobre diversas temáticas, que en la vida real producen hastío, porque lo hace con rigurosidad, evaluando al extremo cada palabra, cada imagen, cada sonido, cada color, cada verdad, cada mentira que esconde.

El arte es elitista, sabia frase. Pocos saben apreciarlo verdaderamente.

No le creo a Harry Potter. Sí le creo a Josef K.

La cultura es la realidad, el cine es la realidad, la fotografía es la realidad, la pintura es la realidad, la música es la realidad, la literatura es la realidad.

Recuerdo la primera vez que leí a Borges, hace más de un año, en lo complicado y retorcido que me parecía (ahora me parece mucho más complicad0) Tlön, Uqbar y Orbis Tertius, comprendía poco a poco que Borges tiene un mundo propio y sus libros otro. Comprendí, igualmente, que debía escamotear ciertos símbolos de su mundo fantástico. Hasta hoy recorro sus senderos cada vez más asombrado, las puertas de la imaginación y de la creatividad se abrieron. Los límites se transformaron en creaciones ideales, puras mentiras que, mientras recostado en el sofá, leo entre palabra y palabra, meticulosamente seleccionadas, son verdades. Desde ese entonces procuro vivir y leer, y separar las acciones, reacciones, expresiones, impresiones que ocurren en una y otra vida.

Para finalizar estas ociosas, pues no procuro instaurar ningún afán evangelizador o misionero frente a las diversas preferencias artísticas, líneas, en algún lugar físico, en la página cincuenta y cuatro del libro Obras escogidas de la editorial el conejo, Palacio escribió seis palabras que ratifican mi postura frente a la cultura actual: Quien coma lo que crea.

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La cultura es la realidad (1)

Charles Bukowski y Paris Hiton en un bar de París.

Por: José Luis Castro

Hace un tiempo, echando un vistazo a los videos del youtube encontré una entrevista que uno de mis escritores favoritos, Bolaño, concedía al programa virtual Offtherecord. Durante alrededor de cincuenta minutos, el periodista hablaba con el escritor de cada uno de sus libros. Y al mencionar el libro de cuentosLlamadas Telefónicas”, el periodista citó una de las frases de la contratapa, afirmada por el autor del libro: LA CULTURA ES LA REALIDAD. Pensé entonces en la problemática artística; la idiosincrasia nos obliga a mantener una actitud pasiva, lógica y racional con el arte. La gente no puede desligarse del mundo para asumir las obras de arte responsablemente y prefiere la vulgaridad, fuente absoluta de estéril diversión. Pensé también en las páginas rosadas de los diarios de las muchas jovencitas que desgastan esferos, escribiendo, lo que ellas llaman, “poesía”, luego pensé en Arjona, en Coelho, en Allende, cuantas veces no quise quemar un libro de Allende. Pensé en los libros quemados, los libros desterrados, los libros robados, los libros olvidados. La cultura moderna está ligada con cursis historietas de amor, fábulas de Disney o novelas mexicanas. Es curioso, cuando las personas miran high school musical, repudiable cinta, nadie reprocha nada, es más, hacen mil partes más porque resultó ser un boom. En cambio cuando se aventuran por un filme de Kurosawa, por ejemplo, los comentarios suelen variar desde los molestos ronquidos hasta los <<este tipo si se pega de la verde>>. En este momento recordé una entrevista en la que Quentin Tarantino enfrenta a una seudo-crítica de cine; ella le dice que su película Kill Bill es demasiado violenta y que no la recomendaría para nadie, por el contenido de muertos inocentes que se producen en la misma. Entonces Tarantino, con su particular estilo callejero, le dice que Kill Bill trata acerca de la venganza y del honor, y que es necesario mostrar ese tipo de imágenes para causar sensaciones extremas en la audiencia. Luego la mujer, de abultada papada, corpulento semblante, sombrero negro, chaleco café y una blusa escandalosamente rosa, le dice al director que esas escenas no son necesarias y no encuentra razón para incluirlas en el largometraje, comentario que desencadena la histeria del creador de Pulp Fiction, quien dice: Because, i-s-s-o-m-u-c-h-f-u-n-n-y, don`t you get it; a lo que ella le responde, qué sentiría si es que saliendo de la entrevista un grupo de chiquillos lo acribillan con los sables que usó en su película, este es el momento en el que Tarantino le dice a su interlocutora, estás muy equivocada: tu hablas de la vida real y yo del cine, ahora, si quieres hablar de tu aburrida vida entonces hablamos de ella y si quieres hablar de cine, hablemos de cine. Para finalizar Tarantino le dice, gritando, esta película realmente no fue hecha para personas como tú.


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Chaparro: El flujo de la conciencia


Por: José Luis Castro

Para desmerecer a Chaparro se han dicho muchas cosas, por ejemplo: alguna vez alguien dijo que sabía cómo hablaban los personajes de Opio en las Nubes, pero no cómo escribía el colombiano. La objeción es tan patética y tan consagratoria como las acusaciones que, durante muchos años, se esgrimían contra Borges, tachándolo de escritor de segunda mano y de plagiario. Para refutar las acusaciones a Chaparro, o llenarlas, por el contrario, de razón, basta con olvidar cómo escribe Chaparro y recordar qué es lo que hace. Y lo que hace, lo que Chaparro hizo en su primera y única novela fue atentar contra lo tradicional. Llenar páginas, con metáforas sangrientas, bulímicas, desesperanzadoras. Establecer relaciones entre los segregados y la literatura. Utilizar herramientas narrativas para expresas sensaciones. Contar mágicamente la vida de un borracho, la de un drogadicto, la de una puta o la de un gato. Amasar las palabras, simplificar oraciones, añadir sustantivos, matar comas y amar a los puntos. Chaparro transforma a la desolación y el desengaño en hábito. Algo similar ocurre con su prosa, durante los primeros capítulos resulta extraña, ajena y chocante, hasta que el trip o las tribulaciones se tornan en rituales, y los rituales se exageran y todo lo excesivo aburre. Experimenta con nuevas corrientes; el rock es su influencia predilecta y de esa forma logra advertir verdades escamoteadas, esfumar secretos innobles. Desordenado, novedoso, tremebundo, son solo adjetivos vagos para describir su estilo.

Sin embargo, y muy a pesar de las estratagemas que Chaparro utiliza entre cada una de sus páginas, por un momento tuve la sensación, al terminar de leer la novela, de que la historia pudo haber concluido cincuenta o hasta cien páginas atrás y el resultado seguiría siendo el mismo. Llevo todavía el sin sabor consistente en saber qué pasó con Amarillo, Sven, Lerner, Marciana, Gilmour… y tantos otros antihéroes del mundo de Chaparro. Tal vez el pero pecado que pudo cometer Chaparro Madiedo, fue el de anteponer su preocupación por la estilización del lenguaje a lo que quería contar, que aunque riguroso, se pierde entre símiles que deberían ser acribillados.

La duda se repite siempre, qué tuvieron en común Chaparro o Caicedo, con los Beats, con Burroughs o con la poesía de Gingsberg para que sus temas recurrentes sean los mismos: el alcohol, las drogas, los antisociales, la muerte, la vida, aquellos que desvarían por el mundo sin un objetivo, ni una función. Ellos son los grandes verdugos de la sociedad, los degolladores inmisericordes de las personas y de la erudición.

Al final es el tiempo el que se encargará de sentenciar a la literatura de Chaparro: burbuja o fruto. No obstante, Bolaño alguna vez dijo que dentro de 6000 años menganito y Shakespeare ocuparán el mismo lugar dentro de las oscuras moradas de olvido.

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lunes, 28 de abril de 2008

Sueños


No sé por qué todas las películas que no son de Hollywood y que son orientales por sobretodo me han sido tan pesadas, creo que la quietud así como su otro afán en las películas al hacerlas más fotográficas hacen que el verlas sea un dolor de cabeza, no solo por los movimientos extremadamente lentos sino también por los colores que utiliza, sin embargo y centrándome un poco más en lo que me concierne he de decir que ver 2 sueños por día será suficiente para quienes estén dispuestos a verlos porque de lo contrario el sueño pasará a uno y no se apreciará el arte fotográfico sobretodo que es lo que para mí más resalta en la obra. Pero creo que no estamos aún en el tema que quería tratar, yo más me iba hacia las diferencias con occidente, y tomando ese caso podemos encontrar eternas diferencias; como empecé este tipo de películas se me han hecho muy pesadas de ver y entender, quizá la acostumbrada presencia de el vecino del norte ha hecho que el único cine que puedo ver sin hacerme complejidades sea ese, esto quizá sea una actitud muy "pan y circo" pues al ser un cine comercial solo se hace lo que venda. Por su parte esta película por ejemplo, aparte de mostrar sueños raros y complejos muestra además imágenes tan extrañas para nuestro medio como la de los lobos que están en medio de la selva y que realizan un ritual poco conocido para nuestro medio, cuando la vi, no sé por qué intenté relacionarlo con las culturas incaicas. Quizá si no estuviéramos conquistados por los españoles y hubiésemos desarrollado nuestra propia cultura nuestras películas serían así, es decir mostrando nuestros rituales y creencias por sobretodo. Las grandes diferencias no quedan solo ahí, podemos abordar líneas de líneas por que en todo es diferente. Otra cosa que me llamó mucho la atención fue la vestimenta de los personajes, que de alguna manera mantienen cierto recelo con el jean, y que mantienen ciertas costumbres muy orientales, así como también la forma de entrar a casa y las mismas reacciones por ejemplo de su madre (en el primer sueño) que después de haber visto a esos seres dejó a su hijo, se puede decir que "abandonado" pues su creencia así lo hizo, eso en América sería imposible y menos por una creencia. A menos que sea una de indígenas que no conozcamos a cabalidad. Otro ejemplo que me fue muy raro fue el segundo cuadro de sueño, pues al querer ver los árboles otra vez, hubo un ritual "eterno" de los posibles dioses de ese país, lo que hízome empezar a ver poco a poco mas que en ese momento la imagen cineasta, verla más como una fotografía fija, y desde ahí empece a valorar más ese ámbito. Personalmente el sueño de los vistos que más me ha gustado ha sido el de los soldados muertos quizá el color es sus caras me llamó mucho la atención así como la naturalidad y poca reacción emotiva del general al ver todo su pelotón muerto. En cuanto a la fotografía pienso que esta película merece no solo dos oportunidades sino unas tres o cuatro, por que los detalles deben verse de a poco y no solo esperar a ver rápido la escena y pasar. Por otro lado en relación a oriente - occidente, sabemos que son muy diferentes y se ha demostrado con sus rituales, forma de hacer películas y su propio ritmo escénico. Me gustaría volver a verlo con más tiempo y ganas en mi casa para fijarme más en lo fotográfico.

Ahmed Deidán
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viernes, 25 de abril de 2008

3. Chaparro Japonés

Los sonidos que Chaparro utiliza en Opio en las nubes son de lo más comunes. Trip. Mierda. Lluvia. Noche. Babitas. Whisky. Son esas palabras que todos usan todo el tiempo. Su significado carece ya de sentido. O tiene tantos que parece haberlos perdido todos. Pero es ahí donde sabe manipular el lenguaje para dilatar los harmónicos de las palabras y crear kakekotobas personales y flotantes. En la repetición está el símbolo. Parece incluso que hace del español un lenguaje tan vago y sugerente como el de Issa o Chikamatsu. Pero luego vemos que sus descripciones son crudas, carecen de pudor.

Y por medio de un lenguaje evidente, lleno de Mierdas y trozos de Rock por todos lados, construye un lenguaje propio. Logra un amplio símbolo lingüístico, personal y urbano. Con la repetición de kakekotobas chaparrenses dibuja, a lo largo de fragmentos casi inconexos y flotantes, a cada uno de sus personajes. Es incluso posible imaginar, en el segundo capítulo, la voz de Sven o más allá el olor a viernes de la ciudad. Y todo por su lenguaje sugerente en la crudeza, en el ritmo cortante, en lo discontinuo. Rafael Chaparro, además, transgrede los límites puramente semánticos de su lenguaje: va hacia el terreno sensorial y lo mezcla con palabras: «Huele a labial, a mujer rodeada de oscuridad».

Aún cuando, y tal vez por eso, mis lecturas de japoneses son escuetas y la de Chaparro también, me es inevitable asociar a este escritor con las prácticas de la literatura japonesa. A veces pienso que Chaparro, al igual que otros vanguardistas como, pongamos por caso a Palacio, logró una literatura tan cruda y personal que llega a ser ambigua y sugerente. Es esa literatura que obtiene impresiones extrañadas desperdigadas en novelas desconectadas, pero comunes a todos. Hizo lo que Japón ha venido haciendo desde hace tres siglos: kakekotobas, harmónicos, lenguajes sugerentes y trozos brillantes, pero sin el refinamiento en la levedad y la gracia japonesa sino con realismos sucios, propiamente urbanos. Chaparro sugiere y harmoniza desde lo grotesco e inconexo de lo evidente.

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